A mediados del siglo XIX, cerca de dos centenares de viajeros austro-alemanes llegaron a la selva central peruana trayendo consigo sus usos y costumbres; entre ellos, la forma de construir. Hace algunos años, las arquitectas Solana Costa y Melissa Herrera rescataron y reinterpretaron la tradición alpina.

Por Mariella Checa / Fotos de Alex Kornhuber

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Bien podría tratarse de la casa de un ganadero de la Selva Negra alemana, pero no lo es. Se trata del refugio campestre de un hombre de negocios que, casado con una hija de nuestra nacional Oxapampa, ha sabido valorar lo que natura y cultura locales tienen para ofrecer. También es el resultado de las pesquisas y la intención de las arquitectas del estudio Costa + Herrera, quienes quisieron hacer una propuesta contemporánea que no rompiera ni con el entorno ni con aquello que da identidad y atractivo particular a la zona. “Tuvimos que investigar mucho sobre construcción en madera y sobre la tipología de las casas locales, porque ahora se está construyendo más en concreto, como en todas partes, así que quisimos rescatar y mantener el estilo tradicional”, cuenta Melissa Herrera, quien alude a libros y fotos antiquísimas al mencionar las diversas fuentes que nutrieron su creatividad y la de su socia y compañera.

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Naturaleza y sostenibilidad

Pensada para acoger el afán de relax y descanso de sus habitantes, así como de sus visitantes, la casa se esmera en poner el marco y la ubicación ideal para el disfrute del espectáculo que ofrece la naturaleza, y en el afán de integrarse a ella, congrega materiales del lugar, así como texturas y colores naturales, claros o en tonalidades tierra. La energía eléctrica proviene de la red que alumbra la carretera, cercana al predio, y el abastecimiento de agua es subterráneo, gracias a un pozo que se nutre de las lluvias. Por obra de un biodigestor, también es posible aprovechar las aguas servidas con fines de riego, y, por si todos estos detalles no fueran suficientes, hay que dar a conocer y aplaudir que toda la propuesta inicial de ubicación de la edificación fue modificada para adecuarla a la presencia de algunos árboles cuya existencia no se quiso afectar.

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Aunque a simple vista se trata de una casa longitudinal, esta consta de dos barras que se interceptan, generando en el punto de encuentro entre ambas el patio cubierto por donde se ingresa a la vivienda. Una vez dentro, el cambio de ángulo da lugar a una perspectiva del monte ubicado en la parte posterior, que se luce de una manera espectacular. “Este es uno de los puntos arquitectónicos más importantes de la casa”, señala Herrera, indicando que el mismo fenómeno ocurre si el desplazamiento se da en el sentido contrario. “Si vuelves a la casa, desde el campo, por atrás, se te abre la vista hacia otros terrenos”, añade.

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Recorrido íntimo

El ambiente de recibo es un corredor cuya personalidad está marcada por las ventanas y las varillas verticales de madera que ellas lucen. Este pasadizo permite arribar a una amplia sala comedor de doble altura, que longitudinalmente se hace una con la terraza, donde también se luce un deck de madera huairuro que le sirve de piso. Aquí los grandes protagonistas son el enorme ventanal desde donde se tiene un panorama de la ciudad de Oxapampa y una suerte de repisas que, en realidad, son una exposición de la estructura de la casa, pues los pies derechos que pueden apreciarse son la parte de ella que quedó a la vista, luego de que se pelara la piel interior, que está hecha de drywall. A estas maderas verticales se les añadieron tablas horizontales, para completar la pieza, que puede quedar como luce o servir de soporte a adornos u objetos de uso.

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La cocina, totalmente integrada, complementa este espacio. La pieza está hecha de madera, como casi todo en esta casa: la estructura que sostiene el drywall y todas las capas de fibra de vidrio y tecnopor con las que se ha buscado proteger los ambientes de las temperaturas intensas; el piso machihembrado; las tejas de anona –material típico de la zona– que cubren íntegramente los exteriores de la vivienda; la escalera, cuya baranda es una pieza muy delgada, como un papel doblado; las ventanas apersianadas que lucen algunos ambientes; las escalerillas que conducen al ático ubicado debajo del techo y los muebles abiertos, así como el piso característico de los baños de cada uno de los cuatro dormitorios.

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Considerando las expresiones del clima, se pensó en por lo menos dos ventanas para cada uno de los ambientes, de modo que en cada uno de ellos se pueda disfrutar de vientos cruzados. Y para que nada perturbe la placidez que el diseño garantiza, las mamparas y ventanas cuentan con un sistema de mosquiteros que convierten las habitaciones en impenetrables para los insectos, únicos lugareños que no son bienvenidos aquí.

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Artículo publicado en la revista CASAS #193