El Ministerio de Cultura ha publicado los primeros estímulos económicos para reactivar el sector tras los meses de cuarentena. A pesar de las esperanzas y de las indicaciones estatales, permanecen las dudas sobre cómo convivirán con el virus los museos y centros culturales. La arquitectura y el diseño podrían tener algunas de las respuestas.

Por Alejandra Nieto

Guggenheim Bilbao

El 1 de junio, el Museo Guggenheim Bilbao reabrió con un modélico protocolo de seguridad que se ha aplicado en otros países del mundo.

En los años recientes, el principal cambio en el planteamiento de las exhibiciones ha sido la relación con el público. Desde que curadoras como Marcia Tucker o Nina Simon empezaron a cuestionar su relevancia en la sociedad, el museo ha ido mutando hasta convertirse en un punto de encuentro entre la realidad y las colecciones y el material tras las vitrinas. Nina Simon habla de la creación de comunidad. El Museo del Barrio y The Studio Museum, en Nueva York, o el Museo de Arte e Historia de Santa Cruz –espacio reinventado por la propia Simon–, son ejemplos de lugares con un significado creado no desde la perspectiva del museo que enseña, sino del encuentro entre el público y el contenido, la perspectiva de la comunidad que sostiene. Esta se puede alimentar del mundo digital, pero no mantenerse a distancia. Las visitas son necesarias, tanto por su significado económico como por la relevancia que otorgan al espacio.

Las personas continúan yendo a muestras que invitan a recorrer un espacio donde las obras no se tocan. Sin embargo, cada vez menos instituciones se conforman con un público que susurra delante de cuadros y vitrinas, extraño signo de “respeto” hacia lo que no se siente cercano. El deseo por la experiencia –la experiencia de visitar un museo, ser de alguna manera parte de él o de lo que exhibe– emergió con el arte más performático de los años ochenta, que creció de manera exponencial con los celulares y las redes sociales. Sin embargo, ahora todo ha cambiado. ¿Cómo visitar “Infinity Mirror”, de Yayoi Kusama, y respirar con tranquilidad en el espacio infinito pero cerrado? ¿O Sopro, de Ernesto Neto, que es una invitación a sacarse los zapatos y penetrar un universo de textiles donde el coronavirus podría sobrevivir entre dos y nueve horas?

National Gallery

Visitantes con mascarillas en la National Gallery of Art, en Washington D.C.

Las relaciones peligrosas

“Creo que la convivencia con el (o los) virus es un hecho. Más allá de la COVID-19, la distancia entre epidemias podría estarse acortando”, comenta el arquitecto Sergio Guzmán, director del estudio Méctamo y responsable de Kay, un centro de arte contemporáneo y residencias en Cusco que está empezando a trabajar bajo el concepto de “distance architecture”. Esta afirmación apocalíptica suena plausible si recordamos el SARS en 2003 o el MERS en 2012. “En el interior de las salas, la arquitectura probablemente deba contemplar la inclusión de equipamiento especializado, como filtros para poder purificar el aire. Sobre esta idea hemos trabajado recientemente en un equipo interdisciplinario formado a partir de una iniciativa del MIT. La arquitectura empezará a nutrirse cada vez más de otras disciplinas”, explica Guzmán, quien vislumbra la influencia de la medicina moderna en la creación de viviendas y espacios semipúblicos. Para el arquitecto, además, las relaciones con el diseño gráfico se fortalecerán, dada la nueva importancia de una señalética pensada ya no solo para proteger las piezas en exhibición, sino también a cada uno de los visitantes.

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Ese ha sido el caso del Guggenheim Bilbao, que abrió sorpresivamente el 1 de junio, cuando España todavía no salía por completo de la cuarentena. El museo prohibió el ingreso a personas con fiebre, sin mascarilla o con mochilas de más de treinta y cinco centímetros. Pero el paso más importante fue establecer un recorrido rígido por sus salas a través de una señalética llamativa, clara e insistente. El Duomo de Florencia, por su parte, podría ir un paso más allá: existen rumores acerca de collarines o pulseras electrónicas que sonarán cuando un visitante esté demasiado cerca de otro. Y no es la única entidad que podría optar por esta solución.

Reina Sofía

La nueva normalidad consistirá, entre otras medidas, en exigir un aforo limitado en las salas de exhibición, como sucede en el Museo Reina Sofía de Madrid, que ya ha aplicado nuevas señaléticas a sus espacios.

Entre las medidas que se han tomado, destaca además el caso del Auschwitz-Birkenau Memorial and Museum, en Polonia, la primera institución en crear una estación sanitaria en la entrada, basada en el diseño propuesto por la Universidad Tecnológica de Silesia para los hospitales que están combatiendo la COVID-19 en la región. Una antesala en la puerta del museo, donde se aplicará peróxido de hidrógeno para desinfectar a los visitantes antes de entrar.

Otros museos están utilizando diversos métodos para separar al personal de los visitantes y a los visitantes entre sí. Especialmente en Berlín y Ámsterdam, dos de las primeras ciudades europeas en abrir oficialmente sus aforos culturales, los museos han hecho del plexiglás un aliado sencillo para proteger y delimitar sus espacios, además de reforzar las medidas de seguridad. Aunque la propuesta más completa la ha tenido Finlandia. Dentro del plan de contingencia sanitaria y para reactivar su industria cultural, el gobierno ha anunciado que financiará la construcción del Museo de Arquitectura y Diseño en Helsinki, que abrirá en 2025 y será a prueba de esta y otras plagas.

Design Museum

En la página web del Design Museum de Londres, con las ilustraciones de fondo de Romaine Delaney, su director, Tim Marlow, explica los rigurosos protocolos de seguridad que se han aplicado.

La escala local

Si espacios abiertos, mascarillas y distancia social son las principales y más prácticas herramientas para detener el contagio, otra alternativa es complementar la experiencia del museo y su salida al espacio público. “Me encantaría ver arte en las playas, por ejemplo, o ver exhibiciones en los sitios arqueológicos de la ciudad”, dice Sergio Guzmán.

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Lo cierto es que el espacio público podría ser la respuesta para que el arte no pierda la capacidad de interactuar con los espectadores. El MALI o el MAC tienen facilidades al respecto. Los museos de sitio también pueden ser focos culturales importantes. El Complejo Arqueológico El Brujo o el Museo de Sitio de Pachacámac pueden liderar el renacimiento cultural local con medidas tan sencillas como buena señalética y las prácticas higiénicas adecuadas. En cambio, el Museo de la Nación, el Museo Nacional Tumbas Reales de Sipán o el Museo Larco –con exhibiciones más delicadas, espacios a temperaturas precisas y salas cerradas– tendrán que trabajar en sus instalaciones tanto como en sus políticas, especialmente con la falta de turismo internacional. Quizás también cuenten con cierta ventaja los museos pequeños o de aforo restringido: la Iglesia de San Francisco, si no contamos las catacumbas; el Museo de los Descalzos, con su maravilloso patio interior abierto, o incluso el Museo Amano, con su extraordinaria colección disponible para visitas limitadas.

Cobra Museum of Modern Art

Operarios instalan una obra de René Magritte en el Cobra Museum of Modern Art de Amstelveen, en Ámsterdan, para la muestra “This is Surrealism! The Boijmans Masterpieces”, actualmente en exhibición.

Otra sugerencia de Sergio Guzmán es la de tomar las calles. Pero eso forma parte de un proceso a otra escala y de otra envergadura. Un proceso que, sin embargo, debería estar en la mente de nuestros gobernantes. Durante esta crisis, las plazas, los mercados y hasta las autopistas han demostrado que necesitamos nuevas maneras de vivir.

Artículo publicado en la revista CASAS #283