Aquí, el bienestar –o, simplemente, el arte de estar bien– es el punto de partida y la línea de llegada. En uno de los proyectos más recientes de Maena Co., la remodelación del área social de una casa familiar en Playa Blanca, Asia, todo está pensado para la confluencia y el confort. En la conceptualización, la dialéctica del diseño lo unifica todo.

Por Jimena Salas Pomarino / Fotos de Renzo Rebagliati

Maena

En el teléfono, Mariana dijo: “¿Vamos a tomar un café? Te tengo una propuesta”. Automáticamente –algo que hoy recuerdan entre risas–, Lorena contestó: “¡Qué miedo!”. Y es que Mariana Pérez-Barreto es impetuosa, soñadora, prolífica en ideas. Su amiga y hoy socia, Lorena Fernández, en cambio, se reconoce más “aterrizada”, racional y, quizá, hasta cautelosa.

Ellas se conocieron trabajando en el área de interiorismo de un estudio de arquitectura. La química entre ambas fue instantánea: sus energías eran tan distintas que acabaron haciéndose complementarias. Tenían que hacer algo juntas y, con miedo pero con intuición, decidieron arriesgarse. Así, de la conjunción de sus creatividades, nació un concepto; y más adelante, de la fusión de sus nombres, surgió la marca: Maena Co.

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Redescubrir el hogar

En esta casa de playa, la familia nunca se sentaba a compartir en la sala. La terraza era el punto de encuentro durante el verano. Pero luego, entrada la cuarentena y llegado el invierno, esta rutina se vio forzada al cambio. El problema es que el espacio social interior no los invitaba a pasar el tiempo, y no estaban muy seguros de por qué.

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“El punto número uno de nuestro concepto siempre ha sido el bienestar”, comenta Lorena Fernández. Por eso, en la etapa del brief con el cliente se centraron en conocer las rutinas de cada uno, entender cómo sentían su ambiente. La apuesta de Maena Co. es convertirse en un vehículo para que las personas estén bien y encuentren el máximo confort en el lugar que habitan. ¿Cómo lograrlo? Apelando también a la contraposición, ya sea de texturas, materiales o colores; pero siempre con armonía y de forma personalizada.

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El espacio era amplio y tenía mucho por ganar en cuanto a comodidad. Con la nueva normalidad, además, tenía que ser utilizable y atractivo para verano e invierno. Luego de modificar la perfilería de toda la casa, se optó por combinar fibras naturales en el comedor y el salón, de manera que no se perdiera de vista el look playero. No obstante, otro criterio muy importante para seleccionar los materiales fue que estos fueran fáciles de lavar o limpiar, en vista de que hay niños en casa y que, algún día no muy lejano, todos volverán a bajar al mar.

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El equilibrio en la dualidad

El contraste de la materialidad con fibras como la esterilla de la sala destaca en algunos componentes de la arquitectura interior: la banqueta de concreto, por ejemplo, y la chimenea negra de hierro fundido que atrae miradas y congrega. La pared detrás es blanca y rugosa, en contraposición con el color y la textura del cemento y el metal, más oscuros y lisos.

En el comedor, el blanco permite ganar luz y amplitud. La madera y la vegetación complementan ayudando a que se sienta, al mismo tiempo, calidez y cercanía con la naturaleza. En esta zona, el acento de color lo aportan las sillas negras de respaldar con barras, un diseño simple y clásico que jamás pasará de moda. Luego, la transición es armoniosa hacia la cocina semiabierta, conectada a través de la barra con bancas de madera. El diseño minimalista de este espacio ayuda a resaltar otra vez los contrastes y juegos de color.

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El menta elegido para pintar la cocina fue una de las decisiones más osadas. Sin embargo, el resultado superó largamente las expectativas. “Nuestra participación puede ayudar al cliente a que apueste por algo distinto y se salga de su zona de confort. Aquí, les encantó el color”, afirma Mariana Pérez-Barreto. El separador de esterilla es la cereza que corona la torta, ya que integra los dos ambientes sin interrumpir la visión abruptamente.

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Mariana Pérez-Barreto dice que, si tuviera que describir el efecto de esta remodelación en una sola palabra, sería ‘unión’. “Suena bien romántico, pero es verdad”, acota. Y Lorena Fernández afirma, segundos después, que es exactamente la misma palabra que le vino a la mente. La mayor satisfacción de ambas es ver cómo los clientes interactúan de manera real luego de la entrega. Pueden ver sus fotos de domingo por la noche, todos en torno a la chimenea prendida, disfrutando del espacio que antes no se animaban compartir. Están bien, están cómodos; el cometido de bienestar, finalmente, se ha cumplido.

Artículo publicado en la revista CASAS #290