Camila Ruiz y Gary Pierce, de Hausstudio, reflexionan sobre una arquitectura simple y lineal, que interviene de forma coherente en la naturaleza, mientras acercan esta casa al mar.

Por Rebeca Vaisman / Fotos de Gonzalo Cáceres Dancuart

En Poseidón, las casas transcurren a distinta altura en los acantilados sobre la playa. Este terreno está encasillado entre otros dos, y la curvatura de la pista que sube por el acantilado se mete en el cerro justo a la altura del lote. Como resultado, el terreno queda más lejos del mar en comparación con sus vecinos, y corre el riesgo de tener su vista obstruida por las construcciones adyacentes. Eso suponía un primer reto para los arquitectos de Haus Studio, Camila Ruiz y Gary Pierce: debían llevar hacia delante la casa, separándola del cerro y acercándola al mar.

El piso de travertino rústico expone su porosidad.

Otro reto inicial, la casa tendría dos ingresos: el de la pista superior y el de la inferior; entre ambas hay 18 metros, y el diseño debía abarcar esa altura. Pese a que el proyecto tendría cinco pisos, los arquitectos tenían que lograr que tuviera apariencia de casa, no de edificio.

Una de las primeras decisiones, entonces, fue construir una base que contuviera los dos primeros pisos, con los estacionamientos y el área de servicio. Esto no solo sirve para acortar la distancia entre el inicio y el tope de la casa, sino que era necesario ganar altura para que el área social tuviese buena vista, por encima del acantilado y las construcciones en su ladera. La base constituye las dos plantas más sólidas y cerradas: el resto –sobre todo la parte social– es abierto y busca la transparencia.

El muro de la escalera es de mármol, también rústico, en un marrón oscuro que procura asemejarse al de la piedra del acantilado.

El ingreso principal sube hasta el tercer piso, a través de una terraza principal que se abre hacia el espacio social: cocina, salas, comedor, terraza y piscina. A diferencia de lo que suele ser el programa de una casa de playa, la terraza no fue ubicada entre el comedor y la piscina: todos los ambientes se colocaron de manera lineal, formando un solo espacio horizontal de cara a la línea del mar. Ese volumen está girado con respecto a los pisos superiores, “para darle movimiento a la casa y que desde afuera no parezca un edificio”, explica Pierce. “Pero también para proteger del sol de la tarde”, agrega. Ese techo de madera no solo protege y procura sombra: les sirve a los arquitectos para atravesar la casa y romper su verticalidad. También para tomar una mejor posición en cuanto a perspectiva, y lograr la unión entre el primer y el último piso sin generar un volumen pesado.

El comedor tiene un papel tapiz de fibra natural.

Los últimos dos pisos están dedicados a la vida privada de la casa: en el cuarto nivel, se ubica el dormitorio principal, un dormitorio secundario y una sala de estar y, en la última planta, otros dos dormitorios y el ingreso hacia la pista. Cada una de esas habitaciones tiene terraza y vista al mar. Incluso los baños la tienen, a través de ventanas en las duchas que dan hacia la playa.

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Estado natural

Como en otros proyectos, los arquitectos están listos para escuchar y seguir el lenguaje que el terreno en sí les propone. Apuestan por los materiales que el entorno inspira: en este caso, madera, concreto expuesto y piedra en los acabados. “De hecho, la naturaleza del terreno nos da una roca maravillosa que tratamos de incorporar en ciertos ambientes”, señala Ruiz, refiriéndose sobre todo a la terraza, en donde el acantilado es presencia importante que da carácter a toda la casa. “Con nuestra arquitectura, buscamos resaltar esa belleza natural. Por eso la simplicidad de las plantas: que sean sencillas y lineales, muy fáciles de leer desde el inicio. Nos interesa la luminosidad y que la casa sea lo más transparente posible”, asegura la arquitecta, ya refiriéndose a los objetivos que acompañan al estudio desde hace algún tiempo.

La experiencia de esta casa en el acantilado se suma, naturalmente, a la reflexión arquitectónica del estudio: “La sencillez puede lograr algo muy distinto a lo demás”, dice Ruiz. “Una distribución sencilla puede tener mucha riqueza si nos concentramos en los detalles. Lo que hemos ido aprendiendo es que esa sencillez radica en aprovechar lo que la propia naturaleza te da”. Y tratar, en la medida de lo posible, de no competir con ella. Porque la naturaleza, de algún modo, sabrá ganar. 

El concreto caravista y la madera de shihuahuaco son dos materiales a los que Ruiz y Pierce procuran volver. En este caso, les ayuda a diferenciar la fachada de niveles, y son fáciles de mantener frente a la humedad de la playa.

Artículo publicado originalmente en CASAS #218