Una reflexión sobre el ausentismo electoral, el civismo y la contradicción de una sociedad que exige mucho de la democracia, pero cada vez participa menos en ella
Por: Mateo Cedrón
No soy político. Probablemente hay muchas cosas sobre el Estado, los partidos o las elecciones que no sé. Pero crecí en una familia donde la política siempre fue parte de la sobremesa.
Mi abuelo materno, Rafael, formó parte de distintas instituciones del Estado y del sector privado. Participó en el Fredemo, pasó por la presidencia de Essalud y la Confiep. Su hermano, Julio César, fue el último ministro de Gobierno y Policía. Uno de mis tíos más cercanos formó parte de ProInversión durante distintos gobiernos y otro fue representante legal del Estado peruano ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos.

Según el portal de la ONPE, y al 98.258 % de actas contabilizadas, en estas elecciones generales hubo un total de ausentes de
7’490,399.
Como comprenderán, las conversaciones sobre el país siempre estuvieron presentes los domingos y en toda reunión familiar. Quizás por eso me cuesta ser solo un observador en una elección sin preguntarme qué nos dice sobre nosotros mismos. Y esta elección deja una realidad incómoda.
Durante años, los sectores más educados y con mayores ingresos de Lima han sido también los más críticos de la situación política del país. Hablan de institucionalidad, democracia, inversión y futuro. Son quienes suelen opinar en medios acerca de lo que consideran amenazas para el avance del país, pero cuando llegó el momento de participar en el acto más básico de una democracia, muchos simplemente no estuvieron.
Distritos como San Isidro y Miraflores registraron algunos de los niveles más altos de ausentismo. Y las razones difícilmente justifican esas cifras. Algunos evitaron ser miembros de mesa. Otros tenían viajes programados. Otros simplemente no encontraron suficiente motivación para reorganizar su día.
«Y aunque suena duro, es imposible interpretar esa conducta
como algo distinto a una preocupante falta de civismo y amor
por el país».
Hay algo profundamente contradictorio en todo esto. Los sectores con más educación, más acceso a información y más recursos son también quienes tienen más herramientas para participar activamente. Sin embargo, muchas veces parecen ser los menos dispuestos a sacrificar tiempo, comodidad o conveniencia para hacerlo.
Porque la política se ha vuelto demasiado “cómoda”. Es fácil indignarse desde un grupo de WhatsApp. Es fácil publicar una historia en Instagram criticando a un candidato o lamentándose por el estado del país. Es fácil comentar durante meses sobre lo que otros deberían hacer.
Lo difícil es asumir que la ciudadanía exige algo más que opiniones. Exige presencia. Exige responsabilidad. Exige entender que una democracia no funciona únicamente gracias a quienes hablan de ella, sino gracias a quienes están dispuestos a sostenerla con acciones concretas.
Y actuar no significa convertirse en congresista, dirigente o activista. A veces significa algo mucho más simple: votar, presentarse como miembro de mesa cuando corresponde y entender que el sistema funciona porque millones de personas aceptan asumir pequeñas responsabilidades en beneficio de todos.
Pero ser demócrata no es solamente votar. También implica preocuparse por lo que ocurre una vez terminada la elección, informarse, exigir resultados, fiscalizar a quienes gobiernan y mantenerse involucrado en los asuntos públicos. La democracia no se ejerce un solo día; se construye y se defiende todos los días.
Quizás como sociedad hemos celebrado demasiado a quienes opinan y muy poco a quienes cumplen. Admiramos la crítica sofisticada, el análisis brillante o la opinión más compartida, pero rara vez reconocemos al ciudadano que participa, se involucra y asume responsabilidades aunque resulten incómodas.
Muchos sentimos que nuestra participación es limitada o tememos a “la funa”. Precisamente por eso creo que vale la pena decirlo: si queremos exigir más del país, primero debemos estar dispuestos a exigir más de nosotros mismos.
Porque el problema no son quienes nunca hablaron de política. El problema aparece cuando quienes más hablan de ella son también quienes menos dispuestos están a actuar.
Y si algo reveló esta elección es que el Perú no necesita únicamente más opiniones, más análisis o más indignación. Necesita más ciudadanos comprometidos, aunque sea de maneras pequeñas y poco “cómodas”.
Porque ninguna democracia se fortalece únicamente con discursos. Se fortalece con ciudadanos presentes cuando más se les necesita. Y me incluyo en esta reflexión.
Porque tampoco podemos pasar cinco años ignorando la política y recién preocuparnos el día de la elección. Si hoy nos encontramos frente a opciones que nos generan frustración, también es porque como sociedad hemos mirado hacia otro lado durante demasiado tiempo.
La democracia no empieza ni termina en una urna. Se construye todos los días.
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