Nueva y ambiciosa apuesta de Netflix (ya disponible en la plataforma), este drama ya se encuentra entre los más celebrados del año por los círculos de la crítica independiente y en los recuentos anuales de las revistas especializadas de cara al Oscar 2020.

Por Gonzalo “Sayo” Hurtado

Así como Hollywood suele sucumbir ante la parafernalia visual y los valores de producción del grueso de su factoría, en ocasiones menores se decanta por la sobriedad y la sutileza de lo cotidiano. Y es que parte del negocio de la industria del cine es también buscar el talento en aquellas piezas personales cuya maestría es palpable, muy a pesar de lo modesto de su recaudación en taquilla. Ese es el caso de Historia de un matrimonio (Marriage Story) de Noah Baumbach, director amante de la comedia dramática y que silenciosamente se ha hecho de una fructífera filmografía que ha tenido sus puntos más altos en obras como The Squid and the Whale (2005), por la que fue nominado al Oscar a Mejor Guión Original, y The Meyerowitz Stories (2017), protagonizada por Ben Stiller y Adam Sandler y que estuvo en la competencia oficial del Festival de Cannes.

Si las crisis de parejas han tenido múltiples miradas en un Hollywood que las ha retratado volcadas al melodrama desde la época clásica, encausando los conflictos a la resolución de los mismos para preservar una institución fundamental para la moral conservadora de la época, en décadas posteriores esa visión fue mutando a cuestionamientos mucho más severos. Desde la aceptación del divorcio en Kramer vs Kramer (1979) de Robert Benton, la infidelidad tratada desde comedias relajadas como Heartburn (1986) de Mike Nichols o thrillers manipuladores como Atracción fatal (1987) de Adrian Lynne, cuando no convirtiendo la unión conyugal en un campo de batalla en La guerra de los Roses (1989) de Danny De Vito, pasando por la mirada irónica de Woody Allen en La otra mujer (1988) o Maridos y esposas (1992), hasta llegar a escenarios radicales y ásperos como en Revolutionary Road (2008) de Sam Mendes o Blue Valentine (2010) de Derek Cianfrance, el momento actual apuesta más por la mirada cotidiana y desglamorizada para tratar el tema libre de los prejuicios de antaño.

¿Hogar dulce hogar?

La trama parte de una premisa que es deconstruida a lo largo de la película, con un collage inicial que resume el sentido de lo que es, en apariencia, una convivencia feliz y los momentos cálidos, graciosos, serios y cotidianos que así la resumen. Desde dicha idea, la historia avanza para en base a la disconformidad de Nicole (Scarlett Johansson), cuestionar la unión con Charlie (Adam Driver), un director teatral a cargo de una pequeña pero prestigiosa compañía en Nueva York, bajo cuya tutela ella ha dejado de ser la recordada estrella de una comedia juvenil y ahora es vista como una actriz de respeto. Pero a la luz de lo que parece ser un matrimonio compacto pero en el que la batuta no la deja de llevar el esposo, Nicole siente que ella es la parte menos favorecida de la unión, dando un paso radical al aceptar protagonizar una serie de tv en su natal Los Angeles, lo que da pie a una separación temporal que será el inicio de un muy complicado proceso de divorcio.

La mirada del director, que suele refugiarse más en la comedia dramática, se contiene un poco más en esta ocasión para buscar el humor de una manera más natural y medida dentro del absurdo de las contradicciones que la separación plantea. Charlie encarna una idea de perfección desde su perfil profesional, mientras que Nicole es la esforzada que debe luchar por tener una identidad propia lejos de la sombra de su marido. Rompiendo un juego de roles común que obedece a una corrección política desfasada, ella acepta el reto de superarse aunque parte de ese nuevo comienzo implique tener que terminar la relación. Es en esta línea donde cuestiones como el empoderamiento femenino y la realización personal de la mujer, fluyen de una manera didáctica y absolutamente coherente. Y aunque el inicio de la separación no resulta sencillo y el acuerdo mutuo es llevarlo de la manera más armoniosa posible, Nicole no puede evitar pedir la ayuda profesional de una abogada, lo que, sin querer, lleva el entredicho a otro terreno y a radicalizar posiciones al tener a su pequeño hijo como trofeo de guerra entre ambos. El enfrentamiento entre leguleyos resulta una experiencia que retrata lo peor de los entramados legales y que lleva al colapso económico a la pareja contendiente, siendo una extensión del doloroso quiebre emocional que ya se encuentran viviendo. Charlie sufre por la pérdida del orden que suponía su equilibrio, mientras que Nicol lucha por una separación que supone su libertad y realización propia. Es en momentos como estos cuando resulta tan apreciable ver en acción a secundarios notables como Laura Dern, un irreconocible Ray Liotta o al veterano Alan Alda para darnos la pauta de las muchas caras de la defensa legal, encarnando tanto pragmatismo, mesura, aprovechamiento y bajeza en una batalla que termina por sacar lo peor de todos.

Guerra de sexos

El tono de Historia de un matrimonio es por lo general mesurado y distante, pero se reserva sutiles metáforas visuales para graficar la dureza de la separación. Las miradas, las reflexiones y los ensimismamientos de sus protagonistas resumen el choque de estados de ánimo desde una clave más interior y es lo que potencia momentos de clara confrontación, que a manera de catarsis, desfogan la tensión contenida a lo largo de toda la película, teniendo tanto Driver como Johansson, una escena puntual en la que echan mano de todo su repertorio para ventilar sin tapujos sus quejas, frustraciones y prejuicios y mostrar como pueden ser presa de lo irracional y desmedido al consagrar una lucha en la que nadie es ganador. En este cine de los nuevos tiempos, el hombre reclama desde la infidelidad la comprensión por la debilidad ante lo aparentemente inevitable, mientras que para la mujer es el momento de la revancha tras años de concesión. No deja de ser apreciable el que estrellas de la industria como Adam Driver, del que más de uno debe llevar en la memoria al explosivo Kylo Ren de Star Wars, o Scarlett Johansson, explotada como símbolo sexual hasta el hartazgo hasta en películas de entretenimiento de Marvel, tengan el temple necesario para romper esa imagen industrial y llegar a un registro absolutamente fuera del Star System para reivindicar su oficio como actores dramáticos de fuste. Sin duda, a ambos les aguarda sendas nominaciones al Oscar, resultando más sorprendente la de Driver, cuyo favoritismo ha crecido de manera impensada en las últimas semanas (su trabajo en Patterson de Jim Jarmusch, Silencio de Martin Scorsese y El infiltrado del KKKlan de Spike Lee, eran ya un anticipo de esto).

Pero a pesar del fuerte contraste que supone el quiebre emocional de los protagonistas con aquellos momentos que son retratos familiares más cálidos y llevaderos, la película sale adelante en su intención de esquivar la tragedia y conducir la historia hacia un derrotero más natural en el que hay margen para suponer que la vida continúa y que siempre hay nuevas oportunidades. Y en esa línea Historia de un matrimonio acierta al no dejarse llevar por la complacencia al aceptar la idea de que el matrimonio no es un paradigma de lo eterno y perfecto, apostando más bien por el sano equilibrio emocional de cada quien al ser un alegato de libertad.