La tarde invernal en Lima se vuelve más cruda al llegar al malecón de Barranco, pero Armando me recibe en su casa, y es como si hubiera encontrado un refugio. Dos cuadros de gran formato están apoyados en las paredes de su sala y son como ventanas a otra dimensión. Uno de ellos es una flor que se expande con sus colores eléctricos, como gritándole al espectador que está viva; el otro, en blanco, negro y grises, se titula “Paisaje Tambopata” y muestra un escenario totalmente devastado por la minería ilegal… “¿Cómo puedo pintar un cuadro de un hecho tan terrible?”, se pregunta el artista cogiéndose el mentón. “Se trata de un proceso catártico y tanático a la vez…”, concluye.

En el trabajo de Armando, por un lado, está la cuestión abstracta, y, por el otro, la intensidad cromática.

En el trabajo de Armando, por un lado, está la cuestión abstracta, y, por el otro, la intensidad cromática.

El proceso es lo que más le interesa de pintar: empezar con una capa de óleo y luego poner otra encima, y luego otra, y otra más, como si cada trazo le diese una respuesta y lo alimentara emocionalmente. “Debajo de algunos cuadros míos podría haber cinco cuadros”, dice Armando. Dedicarse al arte significa, para él, cuestionarse continuamente sobre su propia existencia, impregnarse de la atmósfera que lo rodea, de su entorno inmediato, relacionarse con la luz del día, la oscuridad de la noche, la tierra, los árboles, los animales alrededor, el mar del norte, cuyo sonido lo acompaña en el taller donde trabaja en su casa de Máncora desde 2011… Así, los días de Armando transcurren en una suerte de meditación, sin proponérselo.

En su trabajo, por un lado, está la cuestión abstracta, y, por el otro, la intensidad cromática, que se deriva del vínculo que tiene también con la Amazonía peruana a causa de los viajes que realizó a Santa María de Nieva, donde se casó con la poeta y periodista Doris Bayly, en el año 2000, con quien tiene dos hijos: Ricardo y Daniel. “El camuflaje en mis cuadros es una especie de código basado en lo orgánico, y lo orgánico está en todo”, refiere el artista. “Hago foco en acciones más que en objetos; si ciertas cosas están dichas de manera muy directa y evidente, pues lo único que trato de hacer es quitarles esa precisión”. Y cuando llega el momento de exponer, dice, solo queda esperar las reacciones del público, “las buenas y las malas”.

“Flor” (2016).

“Flor” (2016).

La muestra que se acaba de inaugurar en la Sala Luis Miró Quesada Garland, que va hasta el 18 de setiembre, se titula “Revisión. Obras de Armando Williams (1980-2016)”, y abarca casi cuarenta años de trabajo conceptual y creativo de este artista nacido en 1957 en el Callao, que vivió doce años en Nueva York, después de fundar, junto a otros artistas, en 1980, uno de los grupos artísticos más importantes y revolucionarios de nuestro país: Taller EPS Huayco. En “Revisión…”, se muestran más de treinta obras, entre grabado, pintura, fotografía y video.

NUEVA YORK, TIERRA PROMETIDA

Con Huayco, lo que se buscó fue canalizar una nueva sensibilidad, que empezó a expandirse en Lima a causa de la explosión social generada por la migración, y que no estaba integrada al discurso artístico oficial. En este taller experimental se reunieron, aparte de Armando, dos alumnos más de Bellas Artes: Juan Javier Salazar y Charo Noriega; y dos estudiantes de la Facultad de Arte de la Pontificia Universidad Católica del Perú: Mariela Zevallos y Herbert Rodríguez; además de Francesco Mariotti y su pareja, María Luy. Fue la primera vez que se recurrió a íconos del arte popular para la creación contemporánea en nuestro país, y la Sarita Colonia representada con doce mil latas de leche en un cerro, camino al sur, es ahora un hito histórico en el arte peruano.

Arriba, en plena instalación de Sarita Colonia en el desierto (1980).

Arriba, en plena instalación de Sarita Colonia en el desierto (1980).

Por su parte, de manera individual, Armando empieza a hacer obras “muy figurativas”, apropiándose de las imágenes que estaban en los medios de comunicación y “recontextualizándolas”. Las torres de alta tensión derribadas que hizo en grabados tuvieron mucha prensa. “Luego de ganar un concurso nacional de grabado, organizado por el Icpna, decidí que tenía que probar suerte en otras tierras. En Lima había pocas actividades artísticas, no se sabía lo que pasaba afuera y las pocas galerías que había exponían trabajos bastante conservadores. Aquí todo era más reprimido…”, advierte Armando. “Nueva York era el lugar para un artista. Había un renacimiento de la pintura con la transvanguardia italiana, los neoexpresionistas alemanes, estadounidenses. Podías cruzarte con Basquiat, Warhol o Keith Haring en las calles o las exposiciones… En un principio, pensé que no iba a durar tanto allí, pero es una ciudad de múltiples culturas donde puedes encajar fácilmente”.

Por Gabriel Gargurevich Pazos

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