Desde inicios de año, la vida de Kylla Mónica Piqueras Bertie se revuelve frenéticamente al compás del ritmo caótico de la capital. Acostumbrada desde hace doce años a amanecer frente al mítico paisaje de la serranía de Caraz y a dejar fluir su arte en medio de la naturaleza, ahora, desde su casa-taller en Barranco, se sumerge, día a día, en la intensidad de un proceso distinto.

“Todo en la vida es psicodelia”, relata Kylla, emocionada, mientras acomoda los últimos cuadros que ha pintado para presentar en la feria Art Concept de Miami, junto a la Galería Rottenslat. Entre tornasolados, colores fosforescentes, patrones selváticos y escarcha, hay un concepto interno que pide expresión a gritos, y ella está ahí para explicarlo. Lo suyo, afirma, es un intento de evidenciar esa luz que se esconde detrás de cada espacio de realidad, esa verdad que, desde hace más de una década, busca transmitir como artista.

Desde niña, cuando era la única hija mujer en casa de Enrique Piqueras y Mónica Bertie, estuvo ligada a cuanta actividad artística hubiera. Si no estaba bailando, estaba pintando en sus cuadernos, disfrazándose o bordando. “Mi manera de vivir y existir en este mundo, desde chiquita, era a través de la creación”, dice Kylla. Pero el vínculo más estrecho y verdadero que tuvo con el arte se inició después, casi de la mano con su proceso de maternidad.

Cuando Tamia, su hija mayor, apenas tenía un mes de nacida, Mónica dejó la rutina, su carrera y ese gris tan limeño con el que creció, para emprender una nueva vida en Caraz, al borde de la montaña. Se alejó de la ciudad con la idea de desapegarse de las estéticas y estructuras aprehendidas socialmente, tanto a nivel personal como artístico, y encontrar “su verdad”, algo que le permitiera enseñar a su hija a ser feliz y plena. Y lo logró.

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“La naturaleza fue mi inspiración. Ese cielo estrellado todas las noches, durante tantos años. Esos atardeceres infinitos. Esas montañas interminables. Todo eso fue alimento vital”.

Ahí encontró la paz interior que le permitía fluir y dedicar el tiempo que quisiera a una determinada obra, y también a sus dos más grandes amores. Con la llegada de Narowe, su hijo menor, luego de algunos años, la idea de aislamiento cobró aún más sentido y Kylla agradeció la oportunidad de no haber tenido que sacrificar momentos de madre para desarrollar su carrera. “Cuidándolos, curándolos, atendiéndolos con alma, corazón y vida, ellos me enseñaron a entregarme de la misma manera a mi trabajo. La sustancia de ese amor que encontré con ellos, la delicadeza, el cariño, también los plasmo en mi arte”.

Luego de varios años de búsqueda interior, su arte cobró el sentido que necesitaba para ser completo, y fue allí donde las oportunidades fueron presentándose una detrás de otra. Luego de exhibir “Portal” en el Icpna, el año pasado, su presencia en Lima se hizo cada vez más necesaria.

EL CANAL

En octubre, en la Gala Mate 2016, Mónica tuvo la oportunidad de hacer algo distinto, pero muy suyo al mismo tiempo. De la mano de los músicos Fil Uno, Lalá, Mario Maywa, del performer Alonso Núñez y del artista visual –y también su esposo– Harry Chávez, Kylla presentó una performance que remitía a la elegancia y sensualidad de una mujer que se atreve a gozar sobre el escenario.

La puesta, marcada por proyecciones visuales de pinturas suyas compuestas por Osvaldo Villavicencio, le permitió, luego de cuatro meses de trabajo, transmitir una verdad interna. La misma intención se hizo evidente en Cusco, hace dos meses, cuando presentó “La Virgen del Candor”. La performance, que ahora se muestra en Miami, también está marcada por la fuerza femenina, pero, esta vez, ligada a la dicotomía de sexualidad y sacralidad que convergen en la mujer como ser puro y profano al mismo tiempo.

“Lo que a mí me pasa en una performance es que entro en trance, ni siquiera recuerdo lo que hice. Ese es mi vínculo con el arte: ser un canal. He trabajado para manejar un silencio interior que me permita fluir con lo que se viene, con la verdad que tiene que salir”.

Ese silencio, del que tanto habla, lo encontró en Caraz, aunque le es cada vez más exiguo. Aun así, ella no se arrepiente. Sabe que está donde tiene que estar por un motivo determinado: compartir, por fin, lo que ha ido cocinando durante el tiempo de aislamiento.

Por Gabriela Ramos