La arquitecta Marina Vella se encargó de la remodelación y la ampliación de una casa que se inspira en la arquitectura tradicional de Barranco y cobija a una comunidad de artistas que también es propia del distrito.

Por Rebeca Vaisman / Fotos de Gonzalo Cáceres Dancuart
Marina Vella

La construcción se compró pensando en habilitar una serie de talleres para artistas, y en que eventualmente podría funcionar como una casa. Su patio constituía un grato respiro en medio de la ciudad, y era el espacio perfecto para llenar de verde. Es decir, la construcción, tal cual estaba, se adquirió pensando en verla crecer. En el terreno rectangular de dieciocho metros de profundidad, existía una casa de una sola planta. Hacia el final del lote, se había levantado un pequeño cuarto de servicio. El arquitecto y artista Mateo Liébana hizo la primera intervención: sobre la casa original, construyó un segundo piso. Lo hizo reproduciendo una arquitectura típica de rancho barranquino de comienzos del siglo XX, con columnas trabajadas, cornisas elaboradas y otros detalles de estilo. Se compraron muchas piezas originales antiguas, y lo demás se mandó a hacer. Los árboles y las buganvilias crecieron. El lugar empezó a ser conocido como la Casa Azul por el color de sus muros.

Tiempo después, fue la arquitecta Marina Vella la encargada de remozar la casa e implementar una siguiente etapa. Debía ampliar el espacio para facilitar la dinámica de los talleres de arte sin perder la futura integración de la casa. Un pedido específico era lograr que cada habitación tuviera salida al patio. Por otro lado, la edificación, hecha de adobe, no podía soportar el peso de otra construcción. Vella optó por diseñar un volumen independiente que se comunicara con el resto del espacio y que funcionara visualmente con la propuesta ya existente.

Marina Vella

Claves de una transformación

Lo primero que se hizo fue reforzar la estructura de la casa al implementar algunas columnas de fierro. Se fortaleció la baranda del segundo piso, se sanaron algunas piezas de madera que estaban picadas, y los pisos y el sistema eléctrico se cambiaron. Dos ventanas se transformaron en puertas para conseguir su salida al patio y ampliar su uso. En el patio existía una jardinera en ele. Se respetó a todo lo largo, pero se demolió la parte que daba al fondo del lote, así como se hizo con el antiguo cuarto de servicio. En este espacio, Vella ubicó un nuevo volumen, por capas: primero, la estructura metálica, que fue revestida con una máscara de drywall y otra de wood plastic, compuesta de listones que dejan entrar la luz a manera de celosía. La habitación superior tiene un metro con veinte de retiro con respecto a la celosía: este recurso forma un balcón, y es una interpretación contemporánea de un elemento clásico, tan presente en las casas barranquinas en las que esta se inspiró inicialmente. “Pero se hace usando un lenguaje nuevo”, acota la arquitecta. “Para el nuevo volumen, no queríamos copiar estilos y, más bien, queríamos dejar en claro que estamos frente a dos épocas distintas”, asegura Vella. Esta decisión da actualidad a la propuesta, y consigue que se aleje de la puesta en escena y que, a la vez, respete (y potencie) el homenaje que dio origen al proyecto.

Se construyó una escalera que separa un volumen de otro y los comunica. El nuevo módulo consta de dos habitaciones, una superior y otra inferior. Abajo, la mampara se corre completamente hacia un lado, de tal modo que el espacio se integre con el exterior. “En un futuro, esa habitación puede convertirse en un comedor, por ejemplo”, se proyecta Vella, “y la habitación superior podría funcionar perfectamente como un dormitorio o un escritorio”. Entre la jardinera y el cubo, se mantuvieron aproximadamente cuarenta centímetros de distancia, de tal manera que la construcción no lastima las plantas que ya crecían en la cerca de madera, y, más bien, permite que sigan creciendo y que, incluso, ingresen a los cuartos. El balcón, que se diseñó sin techo, ha sido cubierto por completo por una de esas enredaderas. Fue un abrazo de bienvenida.

Además de las plantas, se mantuvieron la jardinera de ladrillo gastado y los pisos de adoquín que dan personalidad al patio. Como respuesta a las necesidades creativas del espacio, la arquitecta colocó argollas para hacer yoga aéreo en la habitación baja del cubo, e imaginó que la fachada podría cubrirse fácilmente con una tela para hacer proyecciones, y que el balcón podría ser escenario para recitales de música o poesía. El patio de la Casa Azul está llena de cambios, de movimiento y de vida.

Marina Vella

Artículo publicado en la revista CASAS #240