Durante once meses vivió en La Macarena, barrio bohemio de Bogotá donde está el Museo de Arte Moderno y se alzan las Torres del Parque de Rogelio Salmona. Desde su departamento temporal en un piso diecisiete, Katherinne Fiedler veía la ciudad que la acogía y la montaña a un lado. “Creo que el paisaje siempre influye en ti, en un montón de cosas, ¿no?”, se pregunta, recordando esas mañanas en las que se detenía frente a las ventanas, mientras se alistaba para empezar su día.

Su taller en la Escuela Flora. A la izquierda, instalación “Riego y despojo”. A la derecha, “Guacamayas en serie”, en yeso y luces led. En medio, la fotografía “Resistencia” (Lima, 2015).

Este año ha sido distinguida con la beca CIFO, a la que fue nominada por el curador peruano Miguel López, y, luego de entregar un proyecto de obra a consideración, fue confirmada por un riguroso comité de selección. La beca le otorga un presupuesto para llevar a cabo la obra postulada, que será expuesta en setiembre en el CIFO ArtSpace, en el downtown de Miami. Pero esa no es la única noticia. Hace unas semanas recibió la invitación para ser parte del Proyecto LARA (Latin American Roaming Art), que cada año nombra a un curador y reúne a un grupo de artistas para que trabajen en torno a una ciudad, que en 2017 será Panamá. Así, Fiedler se prepara para viajar a la capital centroamericana en abril, donde también expondrá meses después, en noviembre.

Katherinne Fiedler en su casa taller de Chorrillos. Empezó con la pintura, exploró la fotografía y ahora investiga el videoarte.

Estas dos intervenciones internacionales significan mucho para una obra que quiere enfatizar la relación entre la naturaleza, el contexto latinoamericano y sus engranajes políticos.

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Mirar a la distancia

El programa de la Escuela Flora consiste en proporcionar una mensualidad (para que el artista pueda dedicarse solo a su trabajo creativo) y un taller para trabajar con libertad. Esta experiencia se complementa con visitas y charlas: la artista peruana pudo conocer a personalidades del medio artístico contemporáneo, como el investigador y curador mexicano Cuauhtémoc Medina y el cubano Gerardo Mosquera, uno de los gestores de la Bienal de La Habana. “Ha sido importante alimentar mi trabajo con la mirada de otros”, asegura Fiedler. “Además, he hecho amigos entrañables, para toda la vida”.

El video realizado junto a Gabriel Alayza fue parte de la muestra “Lugar común” (2016).

Uno de ellos es el artista argentino Guido Yannitto, reciente ganador de la beca Van Eyck, cuyo taller en Flora estaba al lado del suyo. Yannitto no pudo evitar observar el enfoque y el proceso de Fiedler: “Ella es una artista de proyecto: trabaja a partir de ideas que va desarrollando. Primero piensa mucho todo, dibuja un plan y luego ejecuta”, explica el argentino.

Fiedler llevaba un cuaderno de anotaciones y Yannitto recuerda su asombro cuando llegó un día a la escuela y encontró que la artista había transcrito muchos de esos apuntes en hojas de gran formato, con las que había empapelado su taller. “Llenó las paredes de ideas y notas conceptuales. ¡Tenía como diecisiete proyectos distintos ahí! Nos reímos mucho de eso, la verdad”, confiesa.

“Ahorita”, grabado y acrílico, en colaboración con Elliot Túpac. La palabra se superpone a un bajo relieve de un mapa de América Latina.

Nuevos paisajes

Ya instalada en su encantador departamento de Chorrillos, muy cerca al mar y lleno de plantas entre las que su gato Valentín descansa, Katherinne Fiedler encara su año con la misma perspectiva reflexiva con que enfoca cada nuevo proyecto. Su experiencia en Bogotá fue positiva, pero no ha sido la primera vez que buscó nuevas rutas para su obra.

Exploraciones del territorio en el video “Inabarcable”, parte de su individual “Ficción variable” (2015).

Estudió dos años y medio en la Facultad de Arte de la PUCP antes de trasladarse a la Universidad de Barcelona, de la que se graduó como licenciada en Bellas Artes en 2007. En Barcelona tuvo su primera individual y montó un espacio de exhibiciones, performances y conciertos junto al artista peruano Juan Diego Tobalina. En 2011 volvió a Lima de vacaciones, y decidió quedarse: sintió que en el Perú todo podía pasar.

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Una de las cosas que más le gusta de su nuevo departamento en Chorrillos es poder salir a la terraza y sentir la cercanía del mar, mirar los techos vecinos, la calle abajo. Su interés como artista recae en aquellos paisajes reales que funcionan como territorios. Paisajes que hablan de política, de movilización social. “En mi trabajo, la naturaleza siempre ha sido un eje para discutir otros temas”, añade Fiedler. Y una inspiración para perseguir nuevos horizontes, habría que agregar.

Por Rebeca Vaisman

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