Durante la década de los noventa y comienzos del nuevo milenio, el inglés Damien Hirst estuvo cómodamente sentado en la cima del arte contemporáneo internacional. Apenas asomándose a la cuarentena, vendía sus instalaciones de mariposas o sus cuadros de puntos de colores en verdaderas fortunas; y era capaz de impactar al mundo con un tiburón en un acuario de formaldehído, pieza adquirida por el multimillonario estadounidense Steven Cohen por ocho millones de dólares en 2006, y que se convirtió en la pieza de bandera del movimiento artístico conocido como Young British Artists.

Todos querían un trozo de Hirst y el artista, tan productivo como ambicioso, respondió a esos requerimientos con peligroso entusiasmo, poniendo su nombre en pósters y polos, e inundando el mercado del arte con cientos de obras creadas, en gran parte, por un batallón de asistentes en su estudio de Stroud, en Inglaterra.

“Trinity-Pharmacology, Physiology, Pathology” (2000).

Quizás por carácter –o quizás por cálculo empresarial–, el artista flirteó siempre con el shock y la sobreexposición. En 2007 expuso en la Galería Gagosian un cráneo cubierto de platino e incrustado con cerca de ocho mil diamantes perfectos, a la venta por cincuenta millones de euros; al año siguiente revolucionó el modo en que tradicionalmente se pone a la venta el arte: realizó una megaventa en Sotheby’s el mismo día en que Lehman Brothers se declaró en quiebra. Con esa venta obtuvo un botín de doscientos millones de dólares –que además no tuvo que compartir con galerías o dealers–, pero esa jugada hizo también que sus más importantes coleccionistas se sintieran estafados, traicionados, propietarios de piezas que habían perdido de pronto gran parte de su valor artístico y comercial.

Su íconica escultura “For the Love of God” (2007) fue tasada en cincuenta millones de euros.

Su estruendosa caída se produjo en 2012, cuando Gagosian organizó la muestra “The Complete Spot Paintings: 1986-2011”, donde trescientas pinturas de puntos –una de sus series más célebres– fueron expuestas simultáneamente en las sedes de la galería en Nueva York, Londres, Hong Kong, Los Ángeles, Ginebra, Roma y Atenas, y revelaron un impresionante agotamiento visual y una fatal anemia creativa.

‘L’ENFANT TERRIBLE’ CONTRAATACA

Damian Hirst

“The Physical Impossibility of Death in Mind of Someone Living” (1991) fue su pieza más representativa en los noventa.

Desde entonces, Hirst desapareció dejando atrás una considerable huella de resentimientos y molestias. Pero ahora anuncia su regreso –y en la forma más espectacular posible–, con la inauguración, el 9 de abril, de una nueva obra monumental en el Palazzo Grassi y la Punta della Dogana, los dos espacios de la Colección François Pinault en Venecia, que por primera vez desde su fundación estarán dedicados a un mismo artista.

El único registro que hasta ahora existe de la nueva obra de Hirst son dos fotografías que podrían ser confundidas con imágenes submarinas de Jacques Cousteau.

El proyecto, titulado “Tesoros del naufragio de lo increíble”, no ha sido mostrado al público, ni a dealers, ni a coleccionistas. Y aunque Hirst ni Pinault han querido dar declaraciones al respecto, “The New York Times” y “The Guardian” informaron hace unos días que se trataría de una espectacular instalación subacuática donde se esconden aproximadamente 250 piezas, incluyendo una cabeza de Medusa a la venta por cuatro millones de dólares.

¿Cómo recibirá el mundo del arte este regreso?

Por Manuel Santelices

Publicado originalmente en Cosas 614