Durante más de dos años, David Reyes Zamora escuchó a diversos representantes del empresariado peruano hablar de decisiones políticas y reacciones sociales con las cuales discrepaban. Las conversaciones se mantenían en el ámbito privado, mientras, en público, primaba el silencio. “Manifiéstate, da la cara”, repetía una y otra vez el director de la revista “Semana Económica”. Tras meses de intentos fallidos y una pandemia mundial de por medio, 18 líderes empresariales finalmente le ponen voz a su pedido en su libro “Empresari@s vs. COVID-19” (Conecta, 2020). “La pandemia es el gran momento del empresario activista”, asegura.

Por Diego Chirinos Cané Fotos Paulo Herrera

El 2020 quedará marcado en la historia como un año de aprendizaje forzoso para las compañías y los líderes empresariales peruanos. Las decenas de miles de muertes registradas en el país, los millones de empleos perdidos, unos largos cuatro meses de aislamiento social y ahora un nuevo confinamiento, obligaron a reevaluar tanto las estrategias de negocio como los roles y el compromiso de empresas de diversos rubros con la sociedad.

El pasar de los meses convirtió a la crisis sanitaria generada por el COVID-19 en una crisis económica y, con la contribución de constantes tensiones políticas, se sumaría una incipiente crisis social. La calle empezó a hablar y el empresariado, acostumbrado a medir sus palabras, apenas pudo esbozar respuestas. “Hay una voz muy en contra del trabajo de los empresarios y las empresarias en el Perú; una carga importante de prejuicios, de medias verdades –y algunas verdades, también– que van en contra de la reputación de un empresariado que tiene muy poca voz. El libro aboga un poco por eso”, comenta David Reyes Zamora, editor de “Empresari@s vs. COVID-19” (Conecta 2020).

El libro recoge testimonios, reflexiones y aprendizajes de 18 empresarios exitosos. Hombres y mujeres de diversos cargos, generaciones y sectores ofrecen un mensaje transversal sobre la necesidad de un empresariado más presente en el Perú pospandemia.

¿Los empresarios carecen de una voz pública porque no les dan la tribuna para alzarla o porque ellos han preferido no ocupar ese espacio?

Los últimos treinta años han sido propicios para que el empresariado no tenga voz. Nos hemos acostumbrado a que el sistema funcione. En la medida que funcione, el empresariado no ve la necesidad de poner la voz y, cuando lo hizo, también le fue mal. En ese escenario, les ha sido favorable que hablen los gremios. Muchas veces, te enfrentas desde el periodismo a problemas que afectan a un sector determinado; rápidamente, se repliegan los gerentes de las compañías y dicen que hable el gremio. Esa fórmula funcionaba porque el sistema no estaba en juego.

El COVID-19 ha puesto, como nunca antes, el sistema en juego. Es cierto que hubo momentos o elecciones en las que pensábamos que podría estar en juego y, finalmente, nos salvábamos por un pelo. Pero la exigencia de la pandemia es mayor, porque la crisis es mucho más palpable y hay dificultades para demostrar que el modelo económico realmente dio frutos suficientes para sostenernos en estas circunstancias.

¿El modelo económico está en mayor riesgo que, por ejemplo, en las elecciones presidenciales de 2006, cuando ‘La Gran Transformación’ de Ollanta Humala se tomaba como una seria amenaza?

Es un riesgo de consecuencias más difíciles de afrontar. Vienen unas elecciones en un escenario en el que la gente ha extrapolado sus sentimientos contra la empresa privada. Nosotros somos privilegiados, pero la gente que está perdiendo empleo y familia, a la vez, por obvias razones se siente completamente desprotegida. Entonces, me temo, frente al escenario de candidatos [presidenciales] que hay, que ocurra lo que no había ocurrido hasta ahora.

Ojalá que la salvemos por un pelo otra vez, pero es necesario que el empresariado ya no se quede callado. Le corresponde, es una obligación hacerlo y empezar a comunicar mejor el trabajo que realmente hace por el desarrollo y por la sociedad. Hay también una tendencia de cambio, bastante desarrollada en el libro por los autores, que habla de un capitalismo consciente, de no solo preocuparse por los bolsillos de los accionistas sino también por los demás stakeholders y, dentro de ellos, por la sociedad.

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Hoy se habla mucho de “capitalismo consciente”, del compromiso con la sociedad y de ir más allá de la simple rentabilidad monetaria. Sin embargo, en general, también da la sensación de que en gran parte de los casos ese cambio se queda netamente en lo discursivo.

Hay líderes que empiezan a instaurar un discurso. No creo que sea hipócrita y vale la pena igual, aunque no se cumpla al 100%, que ese discurso se instale. Tengo la esperanza y la confianza de que, por lo menos, hay un grupo de empresarios y empresarias que están buscando generar ese cambio y que la pandemia y las crisis que estamos teniendo –la sanitaria, la económica y la política– marcan un punto de inflexión.

Sería estúpido, de parte del empresariado, no aprovechar el momento y evitar que las condiciones sean realmente propicias para la ruptura de un sistema que nos ha probado beneficios. Es cierto, los críticos del sistema dirán “probó crecimiento, pero no bienestar”; discutible, como el huevo y la gallina, pero ese crecimiento ha generado bienestar en buena parte de la sociedad y, en general, hizo un país mejor. ¿Pudimos pensar mejor las cosas y poner foco en asuntos fundamentales, como la salud y la educación? Sin ninguna duda. Si no tomamos conciencia de eso, ya no sé qué estamos esperando.

Para tomar conciencia siempre es necesaria una autocrítica, usualmente ausente entre el empresariado. Durante el trabajo con estos líderes, ¿percibió esa autocrítica?

Hay nuevas voces que empiezan a tomar fuerza, aunque con miedo y cierto reparo. El tema es que, de cara al ciudadano de a pie, la voz es la Confiep.

¿La Confiep representa realmente al empresariado peruano?

No a todo, pero al final es avalada por el mismo empresariado. Uno tiene, por ejemplo, una banca que forma parte de un gremio y este, a su vez, forma parte de la Confiep. La Confiep tiene un mensaje, pero tú ves a los líderes de esa banca que, por propia cuenta y en sus redes [sociales] personales se anticipan a cualquier comunicado del gremio para decir, días antes, ‘pongámonos de pie’ e instalan un hashtag por la democracia, las libertades y el país. Entonces, uno se pregunta qué está pasando.

Si estos mismos señores forman parte de un gremio y este, a su vez, del gremio de gremios, ¿por qué este mensaje no se instala y llega allí? Hay parte del empresariado que va a morir en su ley y no va a ser autocrítico, pero creo que los convocados en el libro están del lado correcto de la historia. Tienen un espíritu bastante más autocrítico. Muchos de ellos representan también una renovación empresarial.

El empresario político

Hoy, el creciente descontento de gran parte de la ciudadanía no parece distinguir entre los bandos identificados por David Reyes Zamora. Las recientes protestas y bloqueos de carreteras que derivaron en la derogatoria de la Ley de Promoción del Sector Agrario son una clara muestra de ello.

El empresariado aún es visto como un bloque homogéneo, de informales y formales, de abusivos y benevolentes reunidos con un mismo fin. La reinvención que busca alentar “Empresari@s vs. COVID-19” pasa también por lograr, de forma eficiente, dicha diferenciación. “Al final, tú tienes un libro que dice ‘Estrategias de liderazgo para rediseñar tu empresa con éxito’. La verdad es que son estrategias de liderazgo para rediseñar un país mejor”, señala el autor.

¿En qué parte de ese rediseño de la empresa, planteado por el libro, calza la reciente controversia generada en torno a la Ley de Promoción del Sector Agrario?

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Bueno, ahí hay una limitante importante en el entendimiento de los beneficios del sistema. Soy de los que cree que esos beneficios al sector han contribuido a generar mejores condiciones de trabajo para el mundo agrario. Hay resultados y beneficios, que los ves desde trabajadores con mejores salarios y en mejores condiciones formales, acceso a una seguridad social, un pago mejor –diario, porque es un mundo con sus propias características– y agroexportaciones que demuestran un mercado en crecimiento, que beneficia mucho más.

Por supuesto, existe el empresario que le saca la vuelta a la norma y hay mucha confusión entre lo que hace el empresario formal y el informal. Porque en esta protesta te dabas cuenta de que algunos casos no pertenecían al régimen y, aun así, tienes una protesta generalizada. ¿Qué tenía que hacer [el presidente Francisco] Sagasti ¿Decir que no deroguen [la ley]? Es muy complejo. Tienes una población contraria, protestas claras, una democracia endeble y un presidente que no va a tener la legitimidad para decir, racionalmente, que esto funciona y deberíamos preservarlo..

Y quedan seis largos meses de gobierno de transición.

Bueno, hoy día no tenemos ni Policía (ríe). La Policía está sublevada. Que haya un paro policial terminaría generando el peor caos que hayamos vivido en las últimas décadas, ese que te cuentan tus padres. Tienes gente con hambre, que ha perdido empleo y familiares, que está hastiada de la política, gente que odia a la empresa, que cree que es abusiva, en general. Imagínate si, un día, la Policía se levanta y dice: “Bueno, yo no voy a tocar nada en mitad de esta crisis”.

El panorama no suena, precisamente, alentador para confiar en ese “Perú mejor” al cual alude el libro, avizorando el escenario pospandemia.

Sí, bueno, puedo pecar de optimista. Creo que es posible si se hace una apuesta desde el empresariado –que, por lo menos, es lo que se toca aquí [en el libro]– por cambiar la manera de hacer empresa en el Perú y por ese bien social, más allá del bien propio. Y hay un capítulo que me gusta, en particular, porque dice que es el momento del CEO político. Si algo les tendría que pedir a los empresarios hoy es que realmente pongan la voz y el pecho; fájensela un poco. Si no lo hacen, después no esperen milagros. ¿Tiene riesgos? Sin duda. ¿Se te puede venir la regulación encima, a costa del populismo, por abrir la boca? De acuerdo, pero ese es un escenario mejor al de la desaparición del sistema. Entonces, peléala.

¿Este es el momento para que los empresarios se conviertan, como menciona el libro, en políticos íntegros?

Sí. La pandemia es el gran momento del empresario activista que, ojalá, surja. Tengo la esperanza de que va a surgir; trato de alentar a que eso ocurra. Promuevo un discurso en el que digo “esto tiene que ocurrir”.

Lo pregunto porque también existe la percepción de que el empresariado está acostumbrado a ponerse de costado frente a las crisis, a los cambios políticos… y se va acomodando.

Una cosa son los buenos deseos, el optimismo o las tendencias, pero la crisis demuestra que el empresario no puede hacer más la del avestruz. Esconder la cabeza y decir “esta no es mía” ya no es tan fácil. Si lo quieren hacer, lo pueden seguir haciendo. Pero, insisto, que luego no se quejen.

Por mi posición en “Semana Económica”, recibo a todos estos empresarios todo el tiempo y sé cuáles son sus grandes quejas, y les digo: “Bueno, manifiéstense, den la cara”. Pero, si en diez años siguen en ese camino de esconderse, bueno, les diré que se jodan. No hiciste nada. Hace diez años venimos conversando sobre lo mismo y no has hecho nada.

La postergada equidad

Las recurrentes quejas empresariales a las cuales alude Reyes Zamora guardan un hilo conductor: la autoatribuida imagen de un incomprendido empresariado al que la sociedad no entiende. “No entiende tu trabajo, tal vez porque no lo comunicas. Comunicarlo no significa mandar una nota de prensa, pagar un publirreportaje; eso no es comunicar. Hay falta de empatía, en algunos casos, de ponerse en los zapatos del otro”, remarca el periodista. Aquella falta de empatía se refleja en la relación con la sociedad, pero también al interior de las empresas. Frente a un empresariado predominantemente masculino e históricamente machista, las mujeres aún son testigo de excepción en ese terreno desigual.

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La equidad de género en las compañías es un tema que se toca en diversos artículos del libro. ¿Qué tanto hemos avanzado?

Empieza a haber compromiso. Hay empresarios por la equidad, que son diez líderes, hombres y mujeres, apostando por ello de lleno; estableciéndose metas claras, buscando maneras de medirlo, con comités claros, pero dentro de un mundo también formal. Si la pandemia empezó con un mundo formal en el que tres trabajadores de cada diez tenían las condiciones de trabajo óptimas, vamos a terminar con dos o menos. Entonces, los esfuerzos que se están haciendo van a estar siempre limitados al ámbito formal y, dentro de este, a las grandes empresas.
Son esfuerzos válidos, que rinden frutos y que van a avanzar, pero de manera muy acotada, en la medida que el país tampoco se transforme.

Cuando se habla de equidad de género, rápidamente surgen dudas desde parte del empresariado sobre la rentabilidad o el beneficio de su implementación.

Bueno, hay dos estudios de McKinsey al respecto que, al tomar dos muestras de las empresas norteamericanas más rentables y hacer la división entre quienes apuestan por la diversidad y quienes no, te demuestran quiénes son más rentables. Finalmente, es materia de un paper que puedes creer o no. Pero creo que la discusión está más en si eso nos enfrenta a la meritocracia.

Ahí hay un asunto más peliagudo, porque el empresariado, en parte por su falta de empatía, no entiende que en el Perú la meritocracia no existe por ningún lado. No hay manera de que exista un Estado meritocrático cuando, básicamente, naces y mueres pobre. Eso, visto desde un entorno muy cerrado, de alta gerencia empresarial y sin un ejercicio de empatía, probablemente no se entiende. Y, por supuesto, encuentras al empresario que te dice: “Yo me esforcé”. Sí, te esforzaste, pero también eras hijo del dueño; te hiciste gerente general de la compañía a los 35 años.

David Reyes: empresariado

“[Al empresariado] le corresponde, y es una obligación, empezar a comunicar mejor el trabajo que realmente hace por el desarrollo y por la sociedad”.

Accedes a una oportunidad que, en la mayoría de casos, resulta excepcional.

Claro. Y nadie dice que no te esforzaste, pero lo primero que tendrías que entender es que tu situación es excepcional. Si no tienes la madurez para entenderlo, por supuesto que vas a pensar que la meritocracia en el Perú es el estado natural; lo mismo con la situación entre hombres y mujeres. La situación está allí, entre “ bueno, si aplicamos cuotas no vamos a ser meritocráticos”. No se entiende ni siquiera esta base mínima de que de ningún modo somos meritocráticos.

Digamos que estamos hablando dentro del universo de personas que pertenecen al mundo corporativo y donde no hay estas diferencias de estratificación social. Bueno, cualquier estudio básico de sesgos inconscientes de género te va a llevar a que, si tú pones un jurado que sea paritario –dos hombres y dos mujeres– y pones al frente una terna de candidatos hombres y mujeres, los hombres tienen 75% de posibilidades de ser elegidos. ¿Cómo te explicas eso y cómo puedes llamarlo meritocracia? Bueno, ahí hay una discusión más profunda, de pronto en un terreno más psicológico.

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