En esta época de orgullo nacional y victorias épicas, el hincha ha perdido el elemento esencial para creer en ellas: alguien que se las pueda contar con la misma fe. Milagros, Fátima y Daniela recuerdan al periodista deportivo Daniel Peredo con una sonrisa: el padre, amigo y esposo sigue estando ahí. Si esta es la epopeya que soñamos, ¿por qué extrañaremos los gritos de quien la estaba narrando?
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Por Alberto Rincón Effio / Fotos de Sanyin Wu

Primero fue un maestro que venía de lejos solo para abrazarla, luego un policía de frontera que le confesaba haber llorado por el relato del partido contra Ecuador, muchos hinchas con camisetas de la ‘U’, de Alianza o de Cristal, juntos, que no lo conocieron, pero decían que lo iban a extrañar. “En un país donde estamos tan polarizados, Daniel logró eso, una unión. Inspiró a muchos chicos porque encontró su pasión. Ahora busco cómo devolver esas iniciativas de cariño y aprecio. Todo ha sido muy generoso”, dice Milagros.

Daniela, de seis años, y Fátima, de diez, son las hijas de Milagros Llamosas y Daniel Peredo. A la menor le gusta el tenis, y a Fátima, el fútbol.

En la vida no hay recesos ni medios tiempos. Solo un pitazo inicial y otro final. “Mi proyecto de familia con Daniel continúa: que mis hijas sean felices, saludables, y que logren todo lo que quieran. Pero para pasar este terrible momento hay que informarse. Es un proceso personal, en mi caso. Y para mí ha sido de mucha paz y consuelo”.
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Fátima, de quinto de primaria, y Daniela, de primer grado, han retomado el colegio. A Fátima le gusta el fútbol, y a Daniela, el tenis. Ambas no dejan de sorprenderse con los regalos que llegan a su casa: un cuadro, un retrato o una figura tallada de su papá. Han armado un pequeño altar donde los conservan y admiran.

Milagros y Daniel se conocieron gracias al fútbol. Ella ligada al aspecto social de un club y él como jefe de prensa. Conocían el lado social y la importancia de la familia para un jugador. Milagros recuerda que, reunidos en su casa, propuso a Daniel la clave que quedaría como su sello personal: agregar en sus relatos los apellidos maternos de los jugadores. No por antojo, sino por convicción. “Un futbolista tiene una historia, y su éxito tiene que ver con la familia. Yo he visto en mi trabajo la historia de muchas mamás que se fajaron por sus hijos para que ellos lograran sus sueños. La historia de Paolo Guerrero, Jefferson Farfán o Alberto Rodríguez es así”, señala.

“Ese sentido de logro, de alcanzar una meta como país es algo que no tenemos. Entonces, muchos pueden ver cómo Daniel siguió su línea, conectó con lo que le gusta, trabajó duro y fue feliz con lo que hacía”. Daniel relataba un partido de dos equipos que se jugaban la baja con la misma pasión que un clásico por la final del campeonato. Eso extrañarán los que solo conocían su voz. Ese vacío. No ha empezado el Mundial de fútbol y ya nos falta quién nos lo cuente.

Cuéntame otra vez ese sueño

La presencia de Daniel se acentúa con el paso de los días. Cada vez más, las noticias, los comerciales, las portadas y los anuncios vienen acompañados de lo mismo: un pedazo de sus relatos: “los palos son así”; “no sé si es justo, solo sé que es cierto”; “¡la tocó, la tocó, la tocó…!”. Milagros siente que encender la televisión o la radio y encontrarse con su voz –a pesar del choque emocional– es conectarse con él.

Daniela, Milagros y Fátima en la cabina de transmisión del Estadio Nacional, desde donde Daniel Peredo narró algunos de los goles más memorables de nuestra historia reciente.

En esta historia no hubo tiempo para caerse. Desde un principio tuvo que salir a hablar, agradecer el apoyo, visitar los murales que pintan con la imagen de Daniel, inaugurar juegos deportivos en un colegio con su nombre, un campeonato en el penal de Lurigancho o la placa en la cancha en el puericultorio. A diario mira atrás y se dice: “sí lo pude hacer”. Y siente que todavía puede dar un paso más, que es un trabajo de cada día para convertir el sufrimiento en algo que la haga una persona diferente y más sensible con el resto.

La clasificación no es una historia del qué, sino del cómo.
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Treinta millones de peruanos en todo el mundo podrían escribir una historia personal de estos últimos meses. Para el cronista mexicano Juan Villoro, el fútbol ocurre en dos lugares, “en la cancha y en la cabeza del hincha”. ¿Algún hincha puede recordar los goles de Guerrero, Farfán, Flores o Cueva sin ese relato que parecía empujar también la pelota? En la cabina de transmisión donde Daniel se hizo leyenda, hoy se muestra una placa con su nombre y un grabado donde se aprecian dos de sus frases: “Un gol más va a haber” y “No sé si es justo, sólo sé que es cierto”. Palabras que parecieran explicarnos su ausencia. Daniel nos habla todavía.

“¿Quieres ir al estadio? Queremos hacerle un homenaje” –le preguntaron a Milagros esa mañana. Nadie se espera una propuesta de ese estilo en un momento así, tan frágil. Rendir un homenaje a un ser querido es un rito familiar, pero Milagros entendió que Daniel también era de todos.

Camino al Estadio Nacional, el tráfico la detuvo: decenas de personas se acercaron a saludarla por la ventana del auto. Corrieron desde las tiendas y los restaurantes cercanos. En ese momento, Milagros, Fátima y Daniela cambiaron la pena por el orgullo. También un joven espontáneo las acompañó corriendo a su lado con una bandera, y un policía motorizado se unió para escoltarlos. “Va a seguir vivo de alguna forma. Es un dolor compartido, sentí el sufrimiento de mucha gente, por eso tengo la necesidad de descubrir cómo no pierdo el legado de Daniel”.

“Este era su año”, afirma Milagros. No hay cómo dudarlo. Muchos sentían que Daniel había jugado también para la clasificación. Él veía el fútbol como una pasión cotidiana, pero también como una parábola para sí mismo: “Estoy en el segundo tiempo de mi vida”, le dijo a Milagros cuando cumplió cuarenta años.

A Daniel le quedaban dos sueños personales: actuar en una película y relatar una clasificación al Mundial. Ambas cosas fueron las últimas que logró. Milagros sacó una conclusión hermosa de esto: “Los sueños hay que hablarlos”. O, mejor aun, como el mismo Daniel hizo, narrarlos, así sea dejando la voz y la vida en una cabina de transmisión, para treinta millones de peruanos, hasta lograr que ocurran.