La directora de teatro celebra su cumpleaños con una obra que no tiene nada de celebración.

Texto: Javier Masías  Fotos: Mayu Mohanna

Miércoles. Once de la noche. Tercer piso de un viejo edificio en el parque Kennedy. Acaba de terminar un ensayo de “La celebración”, la última obra que dirige Chela de Ferrari. La atmósfera es densa y se respira, al mismo tiempo, un aire de libertad súbita, de cosa contenida que de pronto se desboca. “No siempre ocurre. Como directora es necesario que tome distancia”, me dirá después Chela de Ferrari, disculpándose por unas lágrimas que se le escaparon.

Viernes. Media mañana. Un café en la Costa Verde. Por las ventanas se cuela el cielo gris de Lima. “Mi papá trabajaba para una compañía que lo transfirió a Puerto Rico”, me cuenta la mujer más alta del teatro nacional refiriéndose al lugar donde pasó su adolescencia. Entonces, hace más de treinta años, Chela ya había dejado de ser pequeña. “A los doce años tenía este mismo tamaño –un metro ochenta–, así que si iba a una fiesta en Lima, nadie me sacaba a bailar porque todos los chicos me llegaban al hombro. Para los puertorriqueños eso no era un problema.

Me asustaron mucho de niña en el colegio, y cuando llegué allá, no podía creer la libertad que teníamos. Esa cosa espontánea, fresca…

Eran años en los que me abría a otras formas y culturas. El puertorriqueño es muy fácil y entrador”, me dice con voz leve.

Pronto cumplió diecisiete años y le llegó el momento de escoger una carrera. Luego de meditarlo, se equivocó. “Ahora pienso que debí ser más puntillosa al mirar mi infancia, porque cuando tenía ocho o diez años dirigía a mis hermanos y a mis vecinas”, comenta.

“Una de las cosas que más admiro en los otros es el tener un pensamiento propio. Trabajo en eso, sobre todo ahora. A mis 51 años, sigo luchando por un pensamiento propio”.

–¿Ellos actuaban?

–Sí, cosas que me inventaba. Cosas de familia… reproducíamos la vida. Lo que a cualquier chica de mi edad le podía interesar… hacían de mamá y papá o historias de amigas que se peleaban. Luego descubrí una cámara vieja que tenía mi padre a la que lo único que le funcionaba era el zoom. Veía el mundo a través de esa cámara. Me pasaba horas “filmando” escenas en el jardín. Sin embargo, cuando tuve que escoger una carrera no sé qué pasó. Se me borró esa etapa y al final estudié pintura.

–Se nota por la forma como compones en el escenario.

–Es verdad que me interesa el espacio.

Quizá no soy consciente. Tengo facilidad para el dibujo y así es toda mi familia materna. Mi padre también dibujaba; por ello sentí que tenía una condición natural y que era lo que tenía que hacer. Pero no estaba ahí mi vocación.

Así que unos años después, ya con mis hijos un poquito más grandes, descubrí el teatro. Tenía veintiocho años.

–Te habías casado y ya tenías tres hijos.

–Sí, sí, sí… estaba buscando algo que le diera sentido a mi vida en lo profesional.

–¿Nunca habías trabajado?

–No. Cosas muy aisladas.

–¿Era una vida de ama de casa?

–Nunca he sido una extraordinaria ama de casa, pero me importaban mucho mis hijos y la pasaba muy bien. Me divertía mucho ser madre y verlos crecer. Era fantástico.

–Los tres son muy distintos…

–Es que cada ser es especial y hereda cosas distintas. Nunca he creído que haya que uniformar a los hijos.

–¿Han heredado tu pasión por las tablas?

–Yo te diría que los tres, pero Fiorella es actriz y desde chiquita fue absolutamente histriónica. A Aldo, el científico de la familia

–estudia Medicina–, le interesa mucho el arte e Ignacio estudia Ciencias Políticas y Literatura.

–¿Nunca tuviste pasión por la pintura?

–Hubo épocas en las que pinté mucho, humildemente, nada extraordinario. Tuve una época de enorme interés; pero en realidad no era una gran pasión, simplemente estaba ahí y lo hacía.

–En ese entonces vivían en Córdoba, Argentina. ¿Por qué dejaron el Perú?

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–Queríamos respirar un poco porque acá había mucho terrorismo. Y nos encontramos con una ciudad pequeña y amable, con una calidad de vida extraordinaria.

–Me da la impresión de que te encanta el Perú. ¿Te costó mucho irte?

–Sí, eran años muy difíciles para mucha gente. Era un peligro de todos los días, hasta para salir a la calle. Pero apenas supimos que habían agarrado a Abimael Guzmán nos empezamos a preparar para el regreso. Tampoco era fácil, porque ya teníamos toda una vida allá. Fue doloroso salir de Córdoba.

–No es fácil dejar tantos años…

–Es que tuve que dejar mi grupo de teatro.

“Nunca he sido una extraordinaria ama de casa, pero me importaban mucho mis hijos y la pasaba muy bien”.

Se llamaba Extras. Fue fuerte, muy fuerte. Pero regresar al Perú –se detiene y respira hondo–… éste es el lugar de la infancia, es lo tuyo, es tu casa. Es bueno estar en casa.

–¿Sigues viendo a los amigos de Argentina?

–Menos de lo que quisiera. Pienso ir a verlos cuando estrene “La celebración”.

–¿Qué esperas encontrar?

–Lo mismo. Estoy segura de que va a ser como si no hubiera pasado un solo día.

–Y cuando volviste al Perú, ¿qué encontraste?

–Éste es un país muy interesante. Todo está por hacerse, y eso es muy inquietante, muy estimulante. Hay espacios que están esperándote. Eso fue lo que encontré.

Zoom in

Durante cinco años Chela dirigió un grupo de teatro en Córdoba. Fue un periodo de aprendizaje y experimentación. “No soy fruto de una escuela formal, pero sí de talleres de distintas escuelas. Córdoba era sede de un importante festival de teatro que ahora está en Buenos Aires. Venía lo mejor y los directores se quedaban a dictar talleres”.

–Talleres que tomabas…

–Así es. Después he seguido aprendiendo en el oficio, haciendo, dándome de cabezazos.

Soy una persona muy exigente conmigo misma. Soy inconforme. Siempre siento que falta. No recuerdo haber terminado un trabajo y dicho “qué bien que lo he hecho”. Soy feliz cuando sé que lo he dado absolutamente todo. Tengo pasión, obsesión y entrega por lo que hago, pero siempre estoy buscando algo que no llega a darse…

–¿Qué es?

–Supongo que es lo perfecto, y eso es imposible; pero ese pensamiento no me tranquiliza.

A comienzos de 1994 Chela volvió a Lima y empezó a dirigir. “Se me abrieron las puertas del Centro Cultural de la Católica. Fue una gran oportunidad. Sin embargo, tenía el deseo de un espacio que se manejara de cierta manera, con una visión particular”.

–¿Cómo era esa visión?

–Quería que los directores que se acercaran al teatro contaran con todos los recursos para montar su obra, que no tuvieran que buscar auspicios.

“Todos los que trabajamos en el arte pretendemos comunicar algo, y una sala vacía representa una gran frustración porque tenemos la necesidad de establecer un vínculo con alguien que reciba y devuelva lo que se le da”.

No somos una sala de alquiler. Producimos absolutamente todo lo que se presenta en La Plaza Isil. Eso era parte de la visión.

–¿Es difícil hacer teatro en el Perú?

–No pienso en mi trabajo como algo difícil. Pienso que es algo que requiere mucha entrega y dedicación. Nada me resultaría más difícil que no hacer lo que hago. Hacer lo que uno ama es una de las mejores cosas que te pueden pasar en la vida.

–¿Se puede poner de moda el teatro en un país donde el arte no cuenta con ningún tipo de apoyo? Te lo pregunto porque con frecuencia las entradas se acaban en La Plaza Isil.

–Tiene que ver con que las obras cuentan con un presupuesto que le permite al director volar con libertad, pagar bien a los actores, contar con una escenografía y un vestuario coherentes con la obra. No se trata de frivolidades. Todo lo que ponemos en el escenario es estrictamente lo necesario; pero a veces eso requiere recursos que no siempre se tienen, y ahí es donde la empresa privada ha ayudado mucho. Además, es el producto de muchísimo esfuerzo. Detrás de cada obra hay un grupo de gente que ha trabajado intensamente para que cada detalle, desde el botón del saco de un actor hasta la publicidad, sean lo mejor posible. Pensar mucho, elegir obras que sean interesantes y que, al mismo tiempo, tengan un nivel de riesgo. Y traer novedades…

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La celebración no es una fiesta

–¿Te interesaría llevar el teatro a las masas?

–Hacemos lo que podemos en ese sentido. Me interesa mucho que el teatro pueda llegar a todos.

–La Plaza Isil está ubicada en un lugar al que accede cierto perfil de espectador…

–Sí, te condiciona bastante. Fui bastante criticada cuando abrí la sala. La gente decía: “Cómo van a abrir un centro de cultura en un centro comercial”… no lo podía creer. Le pusimos teatro La Plaza Isil porque queríamos ver cuáles eran nuestras plazas hoy. Hay que contemplar esa realidad. Y funcionó.

–Ahora te critican poco…

–No me he percatado.

–¿Te duele la crítica?

–Cada obra que se monta acá es como un hijo, pero no me duele. Reconozco que detrás de cada crítica hay trabajo. Hay una persona que ha visto el trabajo y se ha sentado a pensar y hacer una evaluación. Lo importante es que la crítica sea honesta y tenga una opinión competente.

Por eso agradezco todas las críticas, las buenas y las malas… ¡y no es un cliché! No hay que amanecerse con las malas ni dormirse con las buenas porque, por lo general, todo está a mitad de camino. Cuando recibo alguna felicitación, siempre pienso que de repente es la mitad de lo que se dice.

–¿Por agradar mienten?

–Se da mucho.

–¿Te interesa más el éxito de crítica o el de público?

–No pienso en eso. Pero sí es verdad que todos los que trabajamos en el arte pretendemos comunicar algo, y una sala vacía representa una gran frustración porque tenemos la necesidad de establecer un vínculo con alguien que reciba y devuelva lo que se le da.

–Tengo entendido que en este último montaje estás haciendo vestuario y escenografía. Es una obra en la que te has involucrado más. ¿Cómo llegaste a ella?

–Els Vandell la vio y supo que era para mí. A las pocas páginas de iniciada la lectura sentí que era necesario que yo la hiciera. No había visto la película cuando la leí.

–“La celebración” toca un tema muy espinoso.

¿Qué te interesó?

–Creo que se trata de una tragedia contemporánea. Es una pieza electrizante y potente. El abuso sexual infantil no es algo que se da en las clases sociales más bajas como creemos. Se da en la misma proporción sin importar de dónde provenga la familia. Me pareció interesante que esta obra fuera la voz de muchos niños y niñas que no tienen voz, y que si la tienen, no son escuchados. Es una pieza que tiene algo importante que decir.

–¿Y en lo personal?

–Me identifico mucho con el personaje central porque tiene algo de niño asustado. Es algo que he tenido en mi infancia, más por el colegio que por mis padres. Mi madre es un ser a quien admiro profundamente. Mi padre murió hace poco. He recibido de ellos todo el amor que podía recibir una niña. A pesar de eso, siento que he tenido algo de niña asustada… no sé. ¿Por qué hablé de mi madre?

–No sé. Dime tú. ¿Cómo es tu mamá?

–Vive en California, ahora sola porque mi padre murió. Es una mujer de una generosidad que no tiene límites. Mi padre enfermó y los últimos cinco años de su vida los pasó en cama. Mi madre lo cuidó de una manera especial. Creo que, curiosamente, fueron sus mejores años como pareja.

–Es una historia increíble.

–No estoy hablando de una madre perfecta; estoy hablando de una madre bondadosa. Eso es lo que he recibido de ella. Siento que me enseña hasta el día de hoy. Cuando voy a verla encuentro una enorme paz porque es una mujer muy hermosa. Cuida su jardín y quiere a las personas que la rodean. Da todo lo que puede dar y tiene mucho para dar.

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–¿Te apoyó en todo? Al hablar contigo me da la impresión de que siempre te han dicho “sí, me parece muy bien…”.

–He crecido en un entorno de mucha libertad. Y mi padre, que sólo tuvo tres mujeres…

–¿Sólo?

–Es que no tuvo hombres, así que de alguna manera nos incentivaba a que trabajáramos y estudiáramos. No quería que estuviéramos metidas en su casa.

La verdad de las mentiras

–“La celebración” trata sobre esas cosas que preferimos no decir, por más terrible que sea guardar el secreto.

–Algo que me encanta de esta obra es que propone hablar de lo prohibido. Nada es más terrible que eso que no se puede mencionar. Cuando algo se va guardando, hace mucho daño.

–¿Qué callamos los limeños que deberíamos decir?

–Somos una sociedad bastante hipócrita todavía.

–Todo el mundo dice que somos hipócritas, pero nadie dice cómo es que lo somos.

–Para nosotros las formas pesan más que el fondo y queremos agradar por encima de todo. Eso nos lleva a la frivolidad. Creemos que es mejor no mencionar lo que hiere o molesta. Pero creo que las cosas están cambiando y los jóvenes se van liberando. Por poner un ejemplo, hay jóvenes que antes de casarse se preguntan: “¿Realmente soy católico?, ¿no estaría bien que me case sólo civilmente?”. Pero todavía estamos en una sociedad que se reprime mucho.

–¿Esa hipocresía te ha hecho daño?

–Nunca lo he sentido. ¡O no me he enterado! Me siento afortunada porque tengo buenos amigos.

–¿Cuál ha sido el mayor contratiempo en tu vida?

–Mis inseguridades.

–A veces, el peor enemigo es uno mismo.

–Es verdad. Una de las cosas que más admiro en los otros es el tener un pensamiento propio. Trabajo en eso, sobre todo ahora. A mis 51 años, sigo luchando por un pensamiento propio. Creo que es muy difícil y que muy pocas personas lo tienen. Desde hace unos años he sido consciente de lo importante que es esto. Me pregunto con frecuencia: “Chela, ¿eres eso realmente?, ¿eso es tuyo?, ¿tú eres esa persona?”.

Estoy caminando en ese sentido.

–¿Es un camino difícil?

–¡Claro que sí! Descubro con frecuencia que no muchas personas tienen pensamiento propio y admiro a quienes sí lo tienen.

–¿La mayoría son un rebaño?

–Estoy convencida de eso. Y más con la influencia enorme de la televisión, de las revistas y de los medios… ¡Queremos ser como otros! Vivimos así… y yo no quiero ser así.

Arrugas de una mujer alta

El día en que esta entrevista tuvo lugar, Chela cumplió 51 años. La pasó trabajando en la obra; en casa la tuvieron que esperar para cenar juntos.

–¿Cómo te ves en el futuro?

–Espero seguir encontrando obras interesantes.

“Es curioso, la mayoría de mujeres ama las arrugas de su madre o de su tía, pero no las propias. Yo quiero aprender a amar las mías”.

Me gustaría tener otro teatro. A veces pienso en un espacio más pequeño en el que se puedan dar obras más experimentales que no requieran un auditorio muy grande, con montajes que sean de difícil aceptación, pero que sin embargo tengan su público. Por otro lado, me interesa una sala más grande, con un escenario de mayores posibilidades. Hay obras clásicas que necesitan de treinta actores. No importa si lo hago yo o lo hacen otros: sueño con que esas cosas se den.

–Y en veinte años, ¿cómo te ves?

–Empieza la vejez, algo muy interesante.

Y me parece que hay que valorarla. Nuestra cultura nos lleva a la juventud. Siempre queremos ser más jóvenes y vernos regias, hacernos cirugías e implantes… Es verdad que la vejez te quita cosas, memoria, salud, pero también te da. El tiempo pasa y va dejando huella. Esas cosas son importantes. Las arrugas están ahí por algo. Es curioso, la mayoría de mujeres ama las arrugas de su madre o de su tía, pero no las propias. Yo quiero aprender a amar las mías.

–Estás en un tiempo de evaluaciones…

–Una vez leí algo muy interesante. Decía que sólo los viejos son felices. Tiene que ver con esto que sólo en la madurez reconocemos la felicidad cuando llega. Está ahí de la manera más simple.

Estoy manejando, llego al teatro… o estoy en casa, mis hijos están por ahí, mi esposo lee un libro… respiro hondo y me digo: “Sí, soy feliz”.

–¿Hay algo que te gustaría añadir a esta entrevista?

–Mmm… ¡Hace tiempo que no hablaba tanto de mí! Tal vez sea bueno detenerse a veces a pensar sobre uno mismo.