Un adelanto en escenas de la obra de Calderón de la Barca en próxima a estrenarse en Lima, adaptada por Luis Peirano.

Fotos: Tony Robles.

Del 21 al 26 de noviembre, a las ocho de la noche, la Pontificia Universidad Católica del Perú presentará el auto sacramental de Pedro Calderón de la Barca “La vida es sueño”, que dirige Luis Peirano y cobrará vida en el frontis de la Basílica de San Francisco.

Tras nueve meses de preparación, más de doscientos artistas y un elenco de lujo, encabezado por Ricardo Blume

–quien reside en México pero viene especialmente para este evento–, dan vida a la más depurada muestra del teatro popular religioso que floreció en España hace trescientos años.

Arcángeles arcabuceros: Marian Castro Mendívil, Deborah Reátegui, Lucía Monge, Nuria Reátegui, y Andrea van Zuiden.

Historia de la Historia

El director de la obra, Luis Peirano, propone como línea argumental el siguiente texto: “En el principio era el caos. Los cuatro elementos constitutivos del universo

–Agua, Aire, Tierra y Fuego– luchan por prevalecer uno sobre otro.

El Poder, la Sabiduría y el Amor –figuras constitutivas de Dios– aparecen para imponer orden, explicar sus fundamentos y dotar a cada elemento de atributos que lo adornen.

Los elementos, antes en pugna y ahora ordenados, piden que alguien los gobierne.

El Poder: Carlos Mesta. La Sabiduría: Alejandro Córdova. El Amor: Mónica Sánchez

A pesar del temor advertido por la Sabiduría de que se repita la rebelión de Lucifer y otros ángeles que se negaron a aceptar el plan divino, el Poder decide, por intercesión del Amor, crear al Hombre y coronarlo como príncipe de la naturaleza, y acude a realizarlo acompañado y provisto de los cuatro Elementos.

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No obstante, la Sombra, que vive expulsada del orden divino y se encuentra consternada ante el avance de la Luz –símbolo de la Gracia– pide auxilio al Príncipe de las Tinieblas para hacer que el Hombre fracase en su manejo del mundo y rompa el vínculo con su creador.

El Hombre sale de la cárcel del no-ser guiado por la Luz de la Gracia, quien le advierte sobre la necesidad de obrar bien en el mundo y de gobernarlo de acuerdo con el orden divino.

Para ello ha sido dotado de la compañía del Entendimiento y el libre Albedrío. Si actúa bien, tendrá a la Luz por esposa.

El Hombre es reconocido y celebrado como rey de la naturaleza. Cada uno de los Elementos le ofrece sus tributos, con los que se viste y engalana.

El Agua le brinda un espejo en que admire su perfección. El Aire, el sombrero de plumas con que se cubra, adorne y luzca. El Fuego, la espada con que se ciña y se defienda. La Tierra, las flores y frutos que lo halaguen y complazcan. Pero la Sombra, con la ayuda del Príncipe de las Tinieblas, intenta anularlo inoculando el veneno del pecado en cada uno de estos ofrecimientos, pero fracasa porque en cada uno de ellos se descubre la huella de la divinidad.

Para lograr su objetivo, la Sombra hace a un lado a la Tierra y logra atraer al Hombre y hacerlo caer en el error del poco juicio, el desenfreno y la ambición, ofreciéndole un atractivo fruto prohibido, símbolo del pecado.

El Hombre cae seducido por este ofrecimiento, a pesar de que su Entendimiento lo advierte del peligro. El Hombre, sin embargo, lo despeña y arroja lejos y, guiado sólo por el deseo de su Albedrío, come el fruto prohibido.

Tres de los cuatro elementos. Aire: Wendy Vásquez. Agua: Paloma Yerovi. Tierra: Lorena Peña

Al quebrarse así la armonía divina en el mundo, se produce un gran terremoto y el desorden de los elementos. La Sombra toma aparentemente posesión del universo. El Hombre, dominado por la culpa y el pecado, pierde su lugar en el mundo y vuelve cargado de cadenas a la cárcel del no-ser. Pero el Amor se enternece y abre una nueva esperanza para el Hombre.

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La Sabiduría, por su parte, ofrece los medios para redimirlo: será ella misma quien pagará por el Hombre la injuria hecha contra el Poder infinito. La Sombra festeja su triunfo y hace al Hombre consciente de que ahora está encerrado en el dominio de la culpa.

El Hombre se arrepiente y esto hace que el Entendimiento vuelva y lo ayude para recuperar su libre Albedrío, sometiéndolo ahora a los dictados del Entendimiento. Aun así, ellos no pueden liberarlo del castigo de las cadenas.

La Sabiduría se hace presente disfrazada de Peregrino que invoca la gloria de Dios y es llamada por el Hombre, el Entendimiento y el Albedrío.

La Sabiduría libera y redime al Hombre tomando su lugar.

El Príncipe y la Sombra intentan dar muerte definitiva al Hombre, pero es a la Sabiduría a quien en verdad hieren.

La Sabiduría, fuente de vida, triunfa sobre la muerte y el pecado. La Sombra y el Príncipe de las Tinieblas caen rendidos a sus pies.

El Hombre: Leonardo Torres Vilar.

A punto de perderlo todo, la Sombra y el Príncipe de las Tinieblas cuestionan la redención del Hombre. Dada su confirmada tendencia hacia el error del pecado, ¿podrá el Hombre mantenerse a salvo de volver a caer?

Por designio del Poder, cada uno de los cuatro elementos aportará al Hombre los medios por los que pueda preservarse del mal y volver siempre a Dios. El agua, la tierra, el aire y el fuego permiten los sacramentos que lo limpien y rediman cada vez que caiga en falta.

La presencia permanente de la divinidad en la Eucaristía será fuente inagotable de salvación para el Hombre.

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Todos cantan: ¡Gloria a Dios en las alturas! y festejan la Eucaristía”.