Desde la fachada, nada advierte que se trata de dos casas que fueron ensambladas, que en su interior esconden ambientes tan genuinos como un comedor con exposición de carros y obras de arte de gran factura. Una propiedad monumental que cuenta con gimnasio, peluquería y salón para cata de vinos. Los artífices son Orry Dajes, Eduardo de las Casas y Rosy Wolfenzon.

Por Laura Gonzales Sánchez / Fotos de Andrés Perona

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Por raro que parezca en Lima, unos autos de colección se convierten en el marco de este gran comedor, situado en una casa sanisidrina de 1700 metros cuadrados. La generosa área de terreno es la resultante de dos inmuebles que fueron adquiridos en diferentes momentos.

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La historia, que tiene dos capítulos, empieza cuando Orry Dajes, Eduardo de las Casas y Rosy Wolfenzon fueron convocados para llevar a cabo el diseño de interiores y la decoración de una residencia de 800 metros cuadrados que, para los miembros de la familia que la habitaba, ya no se adaptaba a sus necesidades ni a sus gustos. Prevalecía, por ejemplo, una paleta damera en blanco y negro, tanto en muros y texturas como en muebles. Cambiar la gama de colores usada, e incluso el estilo de decoración y las piezas de mobiliario, no confrontó para los interioristas reto mayor. Había otros temas que resolver.

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“La sala estaba dispuesta a dos niveles y no había una total conectividad. Nuestro primer planteamiento, para revertir ello, fue dejar toda la casa a nivel, lo cual implicó cambiar la altura de los jardines interiores y exteriores”, explica Orry Dajes. Con el arquitecto Gustavo Arana Holder y el ingeniero de obra Augusto Cánepa Giovannini se dieron a la tarea de lograrlo.

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En el caso del primer piso, se alteró por completo. Y, algunas zonas del segundo piso, también, porque hubo que diseñar un dormitorio adicional. El área social pasó a ser conformada por dos salas, una colindante a la otra y, ambas, con vista a los jardines (el delantero y el interior). El comedor, los dormitorios, la cocina y los baños mantuvieron su emplazamiento inicial. Tras decorar cada ambiente por completo, una vez terminada la obra, esta fue entregada.

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En la casa nueva

Al cabo de más de un año, Dajes, De las Casas y Wolfenzon fueron nuevamente convocados. Esta vez, para intervenir el inmueble del costado, que los propietarios de la casa antigua habían adquirido. Contaba con una extensión de 900 metros cuadrados. El mayor reto residía en que la unión de ambas casas, ubicadas en esquina de la cuadra, fuera “sin costuras visibles”, tanto en arquitectura como en interiorismo. Fue así como la segunda propiedad se demolió para dar paso al proyecto que laintegró a su vecina. En esta área, se diseñaron tres sótanos y tres pisos.

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En el primer sótano nos encontramos con el espectacular comedor de visita, que se encuentra junto a la colección de autos –de los años sesenta a la actualidad–, que pertenece al propietario. Los vehículos toman su espacio, transportados por un ascensor exclusivamente habilitado para dicho fin. En el segundo sótano hallamos el salón de cava y de cata de vinos que, tras abrir una puerta, muestra una colección de autos Mercedes-Benz. En el tercer sótano funciona un salón de mantenimiento vehicular.

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En el primer piso se amplió el jardín, se habilitó un cuarto de estar para los hijos de la pareja y, en la parte exterior, un horno para pizza. En el segundo piso de la ampliación, se dispuso el escritorio del propietario. En el tercero, el escritorio de la propietaria, al que se sumó una peluquería. El ingreso a la casa se hace por una puerta pivotante, con dos vidrios laterales que aportan luminosidad natural, que se abre desde el jardín delantero, no desde el muro de la fachada.

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En todos los ambientes del conjunto de casas, los decoradores han escogido de manera magistral materiales, mobiliario, textiles, obras de arte. Madera pumaquiro y mármol calacatta para los pisos. Terciopelos, sedas y brocados modernos para los tapices. También trajeron del exterior algunos accesorios que, sin hacer alarde de elegancia, remiten a la sobriedad.

DajesY, desde luego, también se quedaron con objetos que guardan un significado especial para la familia. El arte –de Ramiro Llona, Venancio Shinki, Fernando de Szyszlo, Mateo Liébana– fue comprado por los propietarios en el lapso del proyecto de diseño y decoración. “Lo bonito de esto es que ellos disfrutan con cada una de las obras adquiridas”, acota Eduardo de las Casas.

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Artículo publicado en la revista CASAS #260