Para Armando Andrade, cada espacio debe ser estimulante. Por eso antes de emprender el diseño de interiores de esta casa vivió en ella durante varios meses. ¿El objetivo? Entender cómo fluían las dinámicas desde adentro, hacer un interiorismo de autor. 

Por Gloria Ziegler / Fotos de Gonzalo Cáceres Dancuart

Andrade

Inquilino uno: la decoración

La frase le pertenece a Louis Kahn, pero Armando Andrade la hizo suya. “La arquitectura es la construcción reflexiva de espacios”. A esa función le añadió algo más: cada espacio debía ser estimulante e inspirador. “Es fundamental que el interiorismo haga que ese espacio habitable entregue la mejor calidad de vida posible”, dice. Quizás por ello aceptó una propuesta inusual: vivir en la villa durante dos años a cambio de diseñar y decorar el interior de la casa. Esta última forma parte del complejo neoclásico de veintidós pisos, ubicado en San Isidro, mirando a El Golf y diseñado por el arquitecto neoyorquino Robert Stern. Los espacios resultantes son amplias y luminosas villas que lucen jardines posteriores afrancesados y un cuidado preciosista en los detalles y acabados.

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A esa estrategia de inmersión –que buscaba entender cómo fluía el espacio y permitir consolidar otras áreas– la llamó interiorismo de autor. “Tenemos un bagaje cultural que va desde la conciencia de tradiciones que nos anteceden, una historia de la pintura, del arte y el mueble, hasta el relato más contemporáneo. A mí me gusta, precisamente, trazar una línea que conecte ambas cosas”, explica Andrade. Cuando tuvo que poner en marcha la integración que imaginaba, se emplearon alfombras inspiradas en la geometría latinoamericana. Se combinaron muebles ingleses de los siglos XVIII y XIX con otros de hechura más reciente. Se diseñaron biombos, sofás y consolas. E incluso se intervino el techo como si fuera un canvas. Es decir, trazar un límite espacial para disponer obras de arte de creadores jóvenes. En el piso, ese patrón se repite configurando una peculiar secuencia de reflejos.

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“Me interesa que sientan el cruce cultural en una casa, que perciban la libertad de poder abordar diferentes culturas y que todas forman parte integral del mismo espacio”, dice. Para el corredor central, estampó una de las paredes con un papel inglés, hecho en serigrafía, que representaba una biblioteca con volúmenes antiguos y gruesos. “Tiene el peso, el colorido y transmite la sensación de estar hecho a mano en medio de esa atmósfera culta. Te acoge en todo momento. Es el corazón de la casa”, afirma.

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Inquilino dos: el arte

Su otra pasión no podía estar ausente. La idea era que la decoración y el arte convivan y, de esa manera, se consolidara una oportunidad para que el mismo dueño de la casa sea seducido y se inicie en el mundo del arte y del coleccionismo. Entonces, trabajó con artistas como Mariella Agois y Armando Andrade Tudela. Con ellos, esbozaron un experiencia, más cercana a la instalación y al desplazamiento interior, que llamaron “Supernova”: una pintura grande dividida en tres partes que adquieren un nuevo sentido de acuerdo a cómo son colocadas en el espacio.

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“Es una manera de expandir el espacio y de crear dinamismo. Las paredes que trabajo siempre están en tensión. Es decir, las abordo como un terreno pictórico y, sobre eso, conecto obras de arte. De manera consciente dispongo una obra pegada a la otra para generar nuevas lecturas en la puesta en escena total”, explica Andrade, convencido de que la curaduría y la apertura al arte en todas sus expresiones ofrecen, justamente, esa calidad de vida que pregona en su filosofía de trabajo.

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Artículo publicado en la revista CASAS #263