Nuevas acusaciones de corrupción han puesto en el ojo de la tormenta al exalcalde de Lima, Luis Castañeda Lossio, quien habría recibido dinero en efectivo de OAS y pagado sobrecostos de obras durante su última gestión al frente de la Municipalidad Metropolitana de Lima. Pero, más allá de sindicaciones penales, la administración Castañeda será recordada por su incapacidad para resolver los principales problemas de nuestra capital. A continuación, diferentes expertos hacen un balance de la Lima que nos dejó Castañeda.

Por Edmir Espinoza / Retrato de Phoss

“Ya vienen las obras”. Esa fue la consigna propagandística con la que Luis Castañeda Lossio logró convertirse en alcalde de Lima en tres periodos, apelando a su experiencia en el cargo y a la capacidad para ejecutar obras. En un contexto en el que los candidatos prometían una ciudad diferente, más inclusiva y amable con sus vecinos, lo de Castañeda fue una promesa de cemento. Eficiencia, inversión y una visión de ciudad que incluía a la gran periferia limeña fueron sus armas de seducción para con un electorado que confió en sus dotes de buen administrador, y le encargó –por tercera vez– la gran responsabilidad de gestionar el monstruo de mil cabezas en el que se ha convertido Lima.

Sin embargo, el verdadero monstruo fue su gestión. Pasivos anuales de hasta 27 mil millones de soles por falta de un ordenamiento en el transporte, quinientos millones perdidos producto de los arbitrajes que interpusieron las empresas operadoras del Metropolitano por supuestos incumplimientos en el contrato de concesión, y la abrupta interrupción de importantes obras para la ciudad como el Proyecto Río Verde y el Proyecto Estructurador de la Costa Verde, hicieron que, al momento de dejar el cargo, un 77% de la población rechazara la gestión de Castañeda Lossio. Al término de su mandato, apenas un 19% de los limeños aprobaba el desempeño del entonces líder de Solidaridad Nacional.

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Oportunidades perdidas

Uno de los más duros críticos de la gestión Castañeda es el arquitecto y urbanista Augusto Ortiz de Zevallos. Desde su mirada, la gestión metropolitana de Solidaridad Nacional nos dejó un modelo de ciudad caduco, que nos ha hecho perder la oportunidad de evolucionar como metrópoli. “Castañeda nos ha retrocedido veinte años. Colombia tenía ciudades peores que Lima, y hoy Bogotá y Medellín son ciudades bien vividas. A Lima, en cambio, la odiamos más de lo que la amamos. Desconfiamos de la autoridad, que ha perdido toda legitimidad. Hemos convertido a Lima en una ciudad fracturada, es una sumatoria de guetos, donde no hay más centralidades que las tradicionales, de toda la vida. Es un modelo desastroso que continúa, que ha transformado a la ciudad más en una maldición que en una oportunidad. Y este legado se llama Castañeda”, afirma, contundente, Ortiz de Zevallos.

Muy parecida es la visión de Moisés K. Rojas, autor del libro “Propuestas de Reforma Municipal” –editado por el Fondo Editorial de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos–, sociólogo y regidor de Lima Metropolitana durante la gestión de Castañeda, quien sostiene que el exalcalde utilizó la precarización como un recurso político. “Sus dos grandes obras, las escaleras solidarias y los hospitales de la solidaridad, son soluciones precarias y temporales. No resuelven el íntegro de las necesidades de los vecinos. Y en esta lógica populista que lo caracterizaba, él utilizó la precarización para darle algún tipo de maquillaje a su gestión y sacar algún tipo de rédito político”, explica Rojas, quien destaca la falta de visión de ciudad de Castañeda. “Su administración tomó una serie de acciones muy dispersas, no articuladas en absoluto. Nunca pensó en construir un imaginario, ni siquiera venderle a la ciudad un sueño”.

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Inocencia interrumpida

Pero quizá el pasivo más profundo que nos dejó la gestión edil de Castañeda Lossio haya sido una fractura en el imaginario del limeño promedio. Tras más de dos décadas de promesas incumplidas –doce de estos años con Castañeda como alcalde de Lima–, la expectativa de una ciudad amable y eficiente parece haberse esfumado casi por completo. David Fairlie, ingeniero civil y de transporte, asegura que la falta de soluciones en la ciudad ha traído consigo una desesperanza difícil de revertir.

“El problema de haber implementado obras que no han solucionado el problema de la movilidad en la ciudad es que le quitas a la gente la esperanza de que esto tenga solución. Las soluciones existen, y a veces son muy simples. Un ejemplo es la buena semaforización. En Lima, este concepto no existe. Pero la gente no lo cree. Y no lo cree porque han visto mil y un intentos de resolver los problemas del tráfico con semáforos, y ven que nada cambió. Y aunque el problema sea el tipo de semáforos, la gente percibe que lo que se necesita son soluciones más extremas: un bypass, un trébol, un paso subterráneo”, refiere Fairlie.

Aunque comparte esta idea, Mariana Alegre, máster en Diseño de Ciudades y directora ejecutiva del observatorio ciudadano Lima Cómo Vamos, cree que la pésima gestión de Solidaridad Nacional al frente de la alcaldía metropolitana puede generar nuevas propuestas ciudadanas con un enfoque más moderno. “Quizá la única buena cosa de la gestión Castañeda es que este enfoque antiguo ha chocado con un enfoque más moderno y con una nueva generación urbana que apuesta por el derecho a la ciudad, a los espacios públicos y a la calidad de vida. En este contexto, muchas de las actitudes de Castañeda generaron una gran oposición ciudadana que ha alimentado esta capacidad de generar una nueva ciudadanía activa y una acción colectiva muy potente. Creo que ahora va a ser mucho más difícil que un alcalde logre engañarnos”, revela Alegre.

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Retrocesos y oscurantismos

Lejos de promover la implementación de nuevos espacios públicos y servicios ciudadanos, la pasada administración edil tuvo como prioridad la ejecución de obras que favorecían la fluidez del transporte particular, aunque este objetivo tampoco haya sido cumplido. Ejemplos claros son la ampliación de carriles en las avenidas Benavides, Aramburú y El Derby, así como el emblemático bypass de la avenida 28 de Julio. Al respecto, David Fairlie explica: “El principal problema de la gestión Castañeda Lossio fue que, si bien tenía un enfoque al que se le podía denominar pro auto particular, realmente ni siquiera fue así, y en muchos casos las obras generaban peores escenarios para los mismos conductores de autos particulares”.

El autoritarismo y la falta de transparencia fueron también insignias visibles de la gestión de Luis Castañeda. Guido Borasino, profesor de Economía Urbana en la facultad de postgrado de arquitectura de la PUCP, afirma que la de Castañeda fue una política de obras, no de gestión del espacio público. “Todo proyecto debería tener una estrategia que conjugue las dimensiones ambientales, socioeconómicas y culturales de las potenciales poblaciones beneficiarias, y esto no se ha hecho en la gestión de Solidaridad Nacional. No había una visión de ciudad. Más bien, se trajeron abajo un intento de visión que había dejado la gestión anterior (y sobre la cual también tengo mis reparos). En cambio, Castañeda negó esa visión y se dedicó a hacer obras dispersas sin ninguna visión integradora ni plan que articule estas obras para beneficiar a diversos actores”, comenta Borasino.

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Por otro lado, Moisés K. Rojas destaca la falta de transparencia de la administración pasada, y sostiene que Castañeda ejerció una política del silencio. De la ausencia. “Mientras menos cámaras y exposición hubiera, mejor para él. Y es que tampoco tenía mucho que mostrar. Este oscurantismo era también una estrategia para poder hacer lo que quisiera. Cuando la gente se enteraba, las obras ya estaban a la mitad de su construcción y el debate se volvía estéril”, refiere Rojas.

Todas las voces consultadas coinciden en que la administración Castañeda generó un retroceso para Lima. En políticas ciudadanas, reforma de transporte, transparencia y en entender la ciudad como un organismo dinámico, que requiere de soluciones integrales. Este retroceso, sin embargo, puede transformarse en valiosas lecciones aprendidas. Aunque para ello, primero habrá que recobrar la esperanza del limeño, que hoy transita por su ciudad hastiado de promesas y escéptico respecto a un futuro más auspicioso.

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Artículo publicado en  la revista CASAS #278