El arquitecto Jean Pierre Crousse ha sabido encontrar el equilibrio entre la praxis y la enseñanza, incluyendo la investigación y publicación. Casi al mismo tiempo, acaba de presentar dos libros: “El paisaje peruano”, que empezó como una exploración personal, cuando se fue del Perú en 1989 para volver diecisiete años después, y “Agujeros negros urbanos”, resultado de un taller que dictó en la Universidad de Harvard a alumnos de diferentes nacionalidades. Este último propone convertir las huacas “en espacios públicos que permitan una compatibilidad con el lugar donde se asientan”. Una idea que, por sacrílega que pudiera parecer, tiene grandes fundamentos.

Por Laura Gonzales Sánchez / Retrato de Camila Rodrigo

Jean Pierre Crousse

“La intervención del antiguo peruano en el paisaje fue enorme”, dice Crousse. “Se hicieron grandes infraestructuras sistémicas de acuerdo a sus necesidades”. Ollantaytambo, aquí dibujado por el arquitecto, es una muestra de ello.

A raíz del reciente incendio de la huaca Ventarrón, edificada entre 2300 y 2035 a.C., el texto “Agujeros negros urbanos” se convierte ya en lectura obligatoria, mientras intentamos encontrar una respuesta a qué significan estos centros para el ciudadano de a pie y qué proyectos debemos diseñar para ponerlos realmente en valor sin que la palabra “intangible” se convierta en una sombra que impida avanzar.

El libro, que se sitúa en Lima y sus huacas, muestra el trabajo de investigación de trece alumnos de diferentes países y disciplinas (paisajistas, diseñadores urbanos, planificadores urbanos, arquitectos), participantes en el Taller de Diseño Urbano del Graduate School of Design de la Universidad de Harvard, liderado por Crousse. Es un gran aporte, porque no es una mirada nostálgica, sino una manera de imaginar la capital para el futuro. Lo que plantea en sus páginas como idea central es que podamos imaginar en las huacas una serie de actividades de producción, de entretenimiento, de cultura, etcétera. El título de la edición obedece a que estas son percibidas “como vacíos en el tejido urbano, escondidos tras muros o rejas impenetrables, apartados del espacio urbano y ausentes del imaginario limeño”.

Jean Pierre Crousse

Carátula de “Agujeros negros urbanos”. En Mateo Salado, como en muchas otras zonas, se ha roto el diálogo entre las huacas y la ciudad. Foto de Alessandra Calmell.

–En el “mejor” de los casos, como losas deportivas, y en el peor, un lastre.

–No son un lastre, pero son vistas así. En las huacas, lo patrimonial es el edificio. Si quitamos el edificio, el suelo tiene un valor comercial enorme, que es varias veces el presupuesto anual del Ministerio de Cultura para poner en valor los catorce mil edificios patrimoniales que tiene el Perú. Así se entiende por qué las huacas siguen desapareciendo. Son una mina de oro para inmobiliarias inescrupulosas, traficantes de terrenos y municipalidades. De estas últimas, tenemos pruebas de que entierran el desmonte y podan los árboles de las huacas, destruyéndolas.

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–Ustedes (Crousse y sus trece alumnos del taller) proponen que  se conviertan en espacios públicos.

–Una de las hipótesis es que de nada sirve mantener el edificio estrictamente si alrededor se destruye todo lo que hay. Los tres ejemplos que presentamos –El Paraíso, Mateo Salado y Pachacámac– tienen la característica común de ser paisajes en peligro debido a que están amenazados por urbanizaciones formales e informales. En El Paraíso, hay un sector agrícola en medio de la ciudad. Pensamos que si valoramos el paisaje (agrícola), le estamos otorgando valor, y este es tan o más atractivo que el valor del suelo.

Jean Pierre Crousse

Maranga. Las huacas son vistas como vacíos en el tejido urbano. Foto de David Mansell-Moulin.

–¿Suena a sacrilegio?

–No. Estos lugares bien pueden constituir pertenencias locales. Que el habitante se sienta orgulloso de su huaca, no porque es prehispánica, no porque es una ruina, no porque alguna vez fue un lugar sagrado, sino porque es suya, porque es un espacio donde puede reunirse, donde hay espectáculos, etcétera. En Mateo Salado se quitaron los rosedales lindísimos que había; se decía que dañaban el edificio patrimonial, y creo que esa es la opción reductora más facilista que podemos tener, porque hoy en día existen riegos tecnificados. ¿Qué pasaría si en esta huaca del Cercado de Lima cultivásemos productos nativos de la época en que empezó a construirse Mateo Salado, y que esos productos de gran valor (como el algodón nativo) pudieran generar una minindustria local?

–Hace dos años se lanzó un proyecto de ley para permitir que la empresa privada participe de la puesta en valor del patrimonio, y fue rechazado…

–El punto débil de la ley es que le faltó un ingrediente: la población. Se pensó en la empresa privada, en el Estado, pero no en la población, y es un trípode. La ley que ha causado tanta polémica debió acompañarse con proyectos piloto que aseguren que pueden ser replicados si no existe un verdadero riesgo.

Jean Pierre Crousse

Mateo Salado como parque productivo.

–Pasando a su fuerte, para usted, que es un experto en paisaje, ¿cómo debería ser la intervención en este para que no se desfigure?

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–La primera cosa que tenemos que saber es que respetar el paisaje no significa no construir en él. El paisaje de los Andes Centrales es uno de los más increíbles que existen en Sudamérica, y ya está todo construido. Tenemos los andenes, los huachaques, las lomas, todos los sistemas que usó el hombre para obtener recursos agrícolas y que lo llevaron a hacer grandes infraestructuras sistémicas. La verdadera pregunta sería cómo podemos seguir construyendo, seguir modificando este paisaje y que las modificaciones sean armónicas. Entonces, lo que tenemos que entender es qué actividades podemos realizar, que sean sostenibles en el tiempo y que podamos seguir construyéndolas culturalmente.

De todo esto habla “El paisaje peruano”. Líneas y dibujos que empezaron como una exploración y no como una búsqueda de paisaje. “Esto se fue construyendo en el tiempo y siempre con un deseo de entender la arquitectura”, dice Crousse.

Jean Pierre Crousse

Para El Paraíso, se propuso un parque con cultivos no comestibles.

Artículo publicado en la revista CASAS #252