Inaugurada en 1966, la Residencial San Felipe es la materialización del ideal político y social que enarboló el presidente Belaunde Terry. A través de la arquitectura de la vivienda colectiva, se trató de mostrar a un estado pujante.

Por Laura Gonzales / Fotos de Gonzalo Cáceres Dancuart

San Felipe

A partir de los años sesenta empezó a repensarse el diseño de las futuras unidades vecinales. Hasta entonces, todos los proyectos desarrollados en Lima, para paliar las necesidades de vivienda que surgían a causa de la dinámica demográfica, habían estado dirigidos a los segmentos socioeconómicos menos favorecidos. Sería el presidente Fernando Belaunde Terry, electo en 1963 y a la sazón arquitecto, quien con esa visión traída de Estados Unidos, donde estudió la carrera, impulsaría y promovería viviendas para la clase media como Santa Cruz, Juan XXIII, Próceres, entre otras.

Pero es la Residencial San Felipe la de mayor notoriedad hasta la fecha. “Sus fortalezas se encuentran en los  programas del interior del conjunto: servicios educativos, áreas comerciales, de esparcimiento, trabajo, cultura, salud, etcétera”, sostiene el arquitecto Sharif Kahatt. “Sin embargo, lo que más se aprecia en esta obra es la cantidad de áreas verdes, que escasean en todo Lima”.

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Para Jorge Páez, autor de los edificios de cinco pisos, es un proyecto que no pierde vigencia. “Los departamentos son bastante cómodos, no les falta nada y están bien conservados, además de ser un lugar donde trasciende el concepto de vecindad, de camaradería y de amistad”, explica. Por su parte, el arquitecto Adolfo Córdova reafirma que “es el mejor lugar para vivir, en medio del verde y con todos los servicios a la mano”. Tan convencido está de ello que hace cuatro décadas es un vecino del conjunto residencial: los primeros cinco años como inquilino y luego como propietario de un dúplex de 140 metros cuadrados, en uno de los doce edificios de fachada caravista (el signado como Los Cipreses), diseñado precisamente por Páez, uno de sus alumnos de la UNI. “Siempre quise vivir aquí”, rememora Córdova. “Es más, yo había separado mi departamento al concluirse el proyecto, pero no pude reunir el dinero; tenía varios hijos que mantener”.

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San FelipeTres versiones, dos etapas

El monumento a la clase media, como Belaunde la tildó el día de la inauguración de la primera etapa, hace 51 años, se asentó en un terreno de 26 hectáreas que perteneció al antiguo hipódromo de San Felipe. Kahatt explica que el objetivo de la Residencial era ofrecer vivienda a la clase media para una vida cotidiana ideal, segura, en un radio de acción cercano y en un área descongestionada tanto para los niños como para los mayores dentro de la ciudad. “En esta especie de oasis urbano entre las agitadas arterias de la ciudad, San Felipe se presenta como una obra que dialoga con la ciudad existente”, afirma.

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Hasta su consolidación, el proyecto tuvo tres versiones. La primera fue proyectada por Enrique Ciriani y Mario Bernuy, entre 1962 y 1964. La segunda –que partía del módulo inicial de Ciriani y organizaba los edificios de cinco, diez y quince pisos existentes formando una megaestructura– fue encargada a Jacques Crousse y Oswaldo Núñez, pero se canceló antes de ser licitada. Al respecto, Páez sostiene que, si bien es cierto que jugó en contra el mayor costo que implicaría ejecutar esta obra y la premura del tiempo, también es verdad que los funcionarios de ese momento no defendieron lo suficiente el proyecto. “Hubiera sido mucho mejor de lo que es ahora, al menos no existiría ese adosamiento de los edificios en la parte que corresponde al centro cultural y a la clínica”, dice.    

Finalmente, a Víctor Smirnoff, Luis Vásquez Pancorvo y Jorge Páez se les asignó la tarea de reorganizar el proyecto que vemos hoy en día, que difiere con respecto al diseño anterior en la eliminación de la calle elevada, que permitía albergar los estacionamientos debajo, conectarlos a las viviendas y dejar área verde a los alrededores.

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Vivir en la residencial

En resumen, en el proyecto encontramos cuatro aportes: las torres de Ciriani, con ventanas longitudinales y volados; los edificios de Smirnoff, de concreto y ladrillo pintado en blanco; las edificaciones horizontales tarrajeadas de Vásquez; y los edificios en cuya entrada hay bloques de jardín y un generoso patio, que corresponden a Páez. Un total de 1617 viviendas, en 33 edificios más un ágora –enmarcada por establecimientos financieros y restaurantes y remodelada hace seis años por Adolfo Córdova–, además de edificaciones diseñadas para múltiples servicios. Un barrio que resuelve todas las necesidades de los ciudadanos, que ostenta recorridos peatonales donde se puede disfrutar de los ambientes, de las vistas y de la iluminación, como bien dice una de sus residentes, Mercedes Bieule. Ella, de nacionalidad argentina, vive con su esposo en la residencial desde hace año y medio; ahora ya son tres, con un niño de un año. Encontraron el dúplex, de 142 metros cuadrados, completamente remodelado, y  no cesan de  “vestirlo” de acuerdo a sus necesidades.

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Los ambientes (las áreas sociales en el primer piso y los dormitorios y sala de estar en el segundo) son de un estilo vintage modern, con múltiples detalles y con historias que atañen muy de cerca a la pareja. A ella, por ejemplo, una cámara fotográfica que perteneció a su abuela y un cuadro de su hermana artista, ya fallecida. Y a él, la amplia mesa de comedor y la alfombra de la sala que trajo de su departamento en Estados Unidos, donde vivió una larga temporada.

Hay además una gran parte de muebles y accesorios de la tienda de Mercedes, que ofrece piezas restauradas. La predisposición por embellecer lugares le viene de familia: una hermana arquitecta y otra decoradora, como su madre, que también es paisajista. Esto le permite animar aun más su espacio, donde el jardín se lleva las palmas más sonoras.

Todo bien dispuesto en el departamento de esta familia y también allá afuera, donde el verde convoca a propios y extraños, ya sea para conversar o para escuchar ópera, como hace algunas semanas. Siempre un regalo para los sentidos.

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Artículo publicado en la revista CASAS #245