Un 12 de setiembre como hoy, hace 25 años, un grupo de la Policía Nacional del Perú, autodenominado GEIN (Grupo Especial de Inteligencia), capturó al líder terrorista de Sendero Luminoso, Abimael Guzmán Reynoso.

La hazaña del grupo de inteligencia es ahora reconstruida por el periodista y escritor Carlos Paredes. El libro, titulado La hora final. La verdad sobre la captura de Abimael Guzmán, será presentado este 21 de setiembre en la librería El Virrey.

A continuación, puedes leer el primer capítulo de la obra.

Es periodista desde 1990 y a lo largo de su carrera ha publicado trabajos de investigación
periodística en televisión y prensa escrita. Es ganador del premio a la excelencia periodística de la Fundación García Márquez para un Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI) y finalista del Premio Seix Barral-Planeta de Crónica.  Foto: Cecilia Larrabure

La hora final

Capítulo 1: El Sendero a la hoz y el martillo

La primera semana de mayo de 1980 Florencio Conde Núñez llegó a Chuschi, un caserío perdido entre las montañas de Cangallo. Conde Núñez, a quienes los testigos de la época describieron como de unos treinta años, de estatura media y marcados rasgos andinos, había sido enviado a este pequeño pueblo ayacuchano para organizar las elecciones generales. Se trataba de la tarea más importante que le habían confiado en su carrera de registrador electoral. (Después de doce años de dictadura militar, en todo el Perú se abrían las urnas para elegir a las nuevas autoridades democráticas que gobernarían el país por los siguientes cinco años.) Una vez llegado a Chuschi, Conde Núñez se instaló en una casa que el teniente gobernador del poblado le dio para que, además de servirle de morada, ahí funcionase al Registro Electoral de Chuschi. Las elecciones generales a nivel nacional habían sido convocadas para el domingo 18 de mayo. El arquitecto Fernando Belaunde Terry, el expresidente defenestrado por el golpe militar que encabezó el general Juan Velasco Alvarado en octubre de 1968, era uno de los favoritos para volver a Palacio de Gobierno reivindicado por el voto del pueblo. Pero no era el único candidato: después de la muerte de Víctor Raúl Haya de la Torre, poco antes de que la Asamblea Constituyente terminara de redactar la Constitución de 1979, la que iba a empezar a regir con el inicio del gobierno democrático electo, el APRA tenía como candidato presidencial a su histórico líder Armando Villanueva del Campo, el ronco político apodado “Zapatón”. Por su parte, la derecha peruana presentó como principal carta al recordado exalcalde de Lima y fundador del Partido Popular Cristiano, el abogado Luis Bedoya Reyes, apodado “Tucán” por su prominente nariz aguileña. Mientras que la izquierda, como es usual en el Perú, estaba tan fragmentada como desunida: había presentado hasta siete candidatos presidenciales, cada cual representando minúsculas variaciones dentro de la gama de pensamientos de izquierda (desde el dirigente campesino cusqueño, el radical Hugo Blanco, hasta el socialista Gustavo Momhe Llona, empresario de construcción y futuro dueño del diario La República, pasando por otras figuras muy combativas entre los sindicatos de aquel entonces, como el profesor Horacio Zevallos, líder de una facción importante del gremio magisterial) en un mundo que todavía asistía a la Guerra Fría y que tenía como polos a una Unión Soviética como faro de muchos correligionarios latinoamericanos y a una China revolucionaria y disidente que empezaba a tener influencia entre los comunistas autóctonos más radicales. Una disputa ideológica que enfrentó a Moscú y Beijín, arrastrando a los seguidores de ambos bandos en el llamado Tercer Mundo, o países en vías de desarrollo, como era el Perú al iniciarse los dos últimos decenios del siglo veinte.

Lea también:  Libros: una radiografía a Cuba, los textos inéditos de Martín Adán, y más

* * *

Florencio Conde Núñez tenía todo preparado para que el tercer domingo de mayo del año 1980 las elecciones se realizasen con éxito en Chuschi, que ese día iba a recibir a muchos comuneros de aldeas cercanas en donde no se podían instalar mesas de votación. El material electoral (que constaba de un padrón electoral, dos mil doscientas cédulas de votación, actas de escrutinio, once ánforas para depositar las cédulas dobladas y cerradas con un holograma, sellos, lapiceros y hasta la tinta indeleble para marcar los dedos de los electores de aquel poblado ayacuchano) ya estaba guardado en la casa que él ocupaba en una calle cerca de la plaza de Chuschi. Era una típica casa rural de la sierra construida de adobe, con techo de tejas rojas a dos aguas, puertas y ventanas de madera y piso de tierra.

La mañana del jueves 15 de mayo, el registrador Florencio Conde Núñez se cruzó con un pequeño grupo de jóvenes que parecían estudiantes de educación secundaria de la zona, quienes lo interceptaron en una de las calles sin asfaltar y lo amenazaron con destruir el material electoral arguyendo que las elecciones eran una farsa, que lo único que buscaban era la continuación del caduco Estado burgués, que iban a empezar a cambiar las cosas en el país. Todo hace indicar que Florencio no tomó en serio esta amenaza porque parecía una palomillada típica de colegiales. No prestó atención a dos de los clichés más usados por el lenguaje maoísta: “caduco y viejo Estado burgués” y “elecciones como parte de una farsa”. Simplemente, no les hizo caso y siguió coordinando con las autoridades locales para que todo funcionase el domingo de elecciones.

A las dos de la madrugada del sábado, víspera de las elecciones, el silencio de Chuschi fue interrumpido por cinco desconocidos que, con barretas de fierro en mano, forzaron la puerta de la casa donde Conde Núñez dormía. (A su lado se hallaba al material electoral.) Los asaltantes tenían las cabezas cubiertas por capuchas y sorprendieron al registrador cuando este intentaba levantarse. Lo empujaron hasta el fondo de la habitación intentando amedrentarlo a punta de insultos y palabras soeces, lo amarraron de manos y pies y le vendaron los ojos. Acto seguido, arrojaron por toda la habitación el material electoral, lo rociaron con gasolina y prendieron fuego. El ataque no había durado ni cinco minutos y la ausencia de policías en el pueblo facilitó el asalto y la fuga de los saboteadores. Las crónicas periodísticas de la época, que reconstruyeron la reacción de Florentino Conde Núñez después del ataque, consignan que por casi una hora este luchó para librarse de las ataduras, primero de sus manos y después de las que aprisionaban sus pies, y salió corriendo directo a la iglesia del pueblo, subió hasta el campanario y empezó a tañer compulsivamente la campana que terminó por despertar a la población. Los comuneros se reunieron en la plaza, donde el alcalde improvisó una asamblea para escuchar el relato de Conde Núñez. La autoridad local decidió organizar patrullas con los comuneros más fuertes para que salieran tras los pasos de los forasteros que habían provocado alarma y miedo entre la población. El registrador describió a los asaltantes y confesó haber reconocido sus voces. Eran los mismos jóvenes que dos días antes lo habían amenazado en una calle del pueblo. Unas horas después de iniciada la persecución, esta dio sus frutos. En una choza abandonada en una de las montañas que circundan el pueblo encontraron a cuatro de los cinco atacantes, dos de ellos fueron reconocidos por los comuneros de Chuschi como pobladores de la vecina comunidad de Quispillacta. Eran muy jóvenes, casi adolescentes, y negaron haber realizado el asalto, pero al registrarle los bolsillos a uno de ellos se le encontró un sello del registro electoral. Cuando los comuneros aparecieron en Chuschi con los cuatro detenidos, el alcalde decidió dirigirse hasta Cangallo, la capital de la provincia, para informar el suceso a las autoridades. A las pocas horas, el alcalde regresó al pueblo a bordo de un camión del Ejército. Este se llevó a los cuatro jóvenes que habían permanecido bajo custodia en el local comunal. El quinto, el presunto jefe del grupo, había logrado romper el cerco de los comuneros y se perdió entre los cerros vecinos que flanqueaban el poblado. Era el primer subversivo que escapaba de la ley.

Lea también:  Asesinas, espías e impostoras: 5 mujeres de temer que hicieron historia

* * *

Ni Florencio Conde Núñez, ni el alcalde del pueblo, tampoco las autoridades políticas de Ayacucho y menos las altas autoridades del Gobierno central anticiparon que ese incidente sería el punto de partida de una espiral de violencia que provocaría zozobra, muerte y mucho dolor en los próximos tres lustros de la historia peruana. Quizá porque el boicot no tuvo un efecto real. Y es que las autoridades electorales de Cangallo lograron enviar a tiempo nuevo material electoral y los chuschinos pudieron votar la tarde de ese domingo.

El frustrado sabotaje electoral en Chuschi, sin embargo, fue para Sendero Luminoso el inicio de la lucha armada en el proyecto mesiánico de hacer una revolución proletaria, que un profesor de la Universidad San Cristóbal de Huamanga, Manuel Rubén Abimael Guzmán Reinoso, y un grupo de sus seguidores venían preparando hacía veinte años, desde inicios de 1960. La prensa de Ayacucho dio cuenta de que los asaltantes de Chuschi habían dejado una bandera roja desplegada y pintas, también rojas, en el local electoral, alusivas a algo que resumieron en tres letras “ILA”. Los mensajes estaban firmados por un extraño “Partido Comunista del Perú, por el Sendero Luminoso de José Carlos Mariátegui”, un nombre largo y desconocido que un redactor consignó simplemente como Sendero Luminoso, dejando así fijado el nombre de todo aquello que encarnaría el terror para siempre.

Por muchos años existió el mito de que la preparación para lo que Sendero llamó el histórico ILA (Inicio de la Lucha Armada) se había llevado a cabo en algún paraje desconocido de las alturas ayacuchanas. Después se supo que el ataque a Chuschi fue planificado en Lima, apenas un mes y medio antes de ser ejecutado. Sucedió durante la primera escuela militar de Sendero Luminoso que duró quince días de intenso adoctrinamiento realizado en una casa de Chaclacayo, a veintisiete kilómetros al este de Lima. Además de charlas políticas, que estaban a cargo del mismo Abimael Guzmán, entonces simplemente el camarada “Gonzalo”, se hicieron prácticas de tiro y manipulación de explosivos en los cerros desérticos que circundan la zona. Los minuciosos archivos de Sendero Luminoso, encontrados años después por el Grupo Especial de Inteligencia (GEIN), registran que en esta primera promoción de senderistas participaron cincuenta y un personas, varias de ellas serían identificadas, unos años después, como importantes cuadros senderistas y miembros de su Comité Central, como la esposa de quien llegaría a ser el “Presidente Gonzalo”: Augusta La Torre Carrasco, la camarada “Norah”, por muchos años la número dos de la organización. Su muerte es uno de los misterios aún no desentrañados en la historia de Sendero Luminoso.

Lea también:  La Hora Final: una película peruana para no olvidar

* * *

Los orígenes políticos de Sendero Luminoso se encuentran en las disputas del movimiento comunista internacional que a inicios de los años sesenta tuvo un hito fundamental con el enfrentamiento abierto entre los prosoviéticos y los prochinos alrededor del tema de la violencia como medio para la revolución de las masas. Mientras que los seguidores del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS), hegemónico en la esfera comunista del mundo en plena Guerra Fría, eran partidarios de la tesis de tránsito pacífico al socialismo tal como lo plantearon los jerarcas del PUCS en su congreso de 1956, los comunistas locales, alineados con el Partido Comunista Chino, se adherían a la vera de la violencia y de la necesidad de una “guerra popular” como única vía para hacer eso que ellos llamaban “revolución proletaria”, del campo a la ciudad. Y, en ese escenario, Abimael Guzmán Reinoso, profesor de Filosofía de la Facultad de Educación de la Universidad San Cristóbal de Huamanga, era el más entusiasta impulsor de la facción violentista en el Perú. Declararle la guerra al establishment político peruano, “al viejo Estado reaccionario”, en el léxico maoísta.

La universidad ayacuchana había reabierto sus puertas con la ayuda foránea en 1959, como parte del esfuerzo por impulsar a una de las regiones más pobres del Perú. Fueron setena y un años de espera, desde que el presidente Andrés A. Cáceres decidera clausurarla por graves conflictos internos a finales del siglo diecinueve (1886). En 1962, el rector de la universidad, el profesor marxista Efraín Morote Best, padre del que después sería el líder senderista Osmán Morote Barrionuevo, le ofreció a su colega arequipeño, tan marxista como él, Abimael Guzmán Reinoso, la dirección de la Facultad de Educación. Aunque inicialmente Guzmán rechazó la oferta de mudarse a Ayacucho, al poco tiempo decide dejar la ciudad de Arequipa, donde acababa de presentar su tesis doctoral La teoría kantiana del espacio.

Cuando Guzmán llega a Huamanga, en todo el departamento de Ayacucho vivían menos de medio millón de personas, exactamente 17 cuatrocientas cincuenta mil. Tres cuartas partes de ellas sobrevivían gracias a una agricultura preindustrial y dos de cada diez campesinos permanecían en regímenes de esclavitud en las haciendas, las escuelas eran tan escasas como las postas médicas, la expectativa de vida apenas llegaba a los cuarenta y cinco años. En resumen, Ayacucho era terreno fértil para las ideas extremistas de la revolución marxista que llegaron a la ciudad con la reapertura de su universidad.