En su obra, el autor plasma el poder y la pasión, mientras captura la efervescencia nocturna de la escena gay limeña.

Por Fiorella Ramírez Menacho | Foto: Víctor Ruiz

Diego Molina, abogado y poeta, asesor de empresas y guitarrista, encarna al bohemio en toda regla. Ganó una beca de la OEA, trabajó en Washington, fue profesor en Georgetown y colaboró como columnista en esta casa editorial, desde donde agitó a la élite cultural con crónicas hedonistas sobre discotecas y bares gays en Lima. Tras publicar su primera novela, nos recibe en su departamento de Barranco, con una vista privilegiada de la ciudad.

En la sala, destaca una exhibición de instrumentos musicales que le recuerda a los días junto a sus amigos, en los que tocaba covers de The Doors, Guns N’ Roses o The Clash. Como la gran mayoría de arequipeños, habla con orgullo de su ciudad, de sus años estudiando en el COLEGIO SAN JOSÉ, de sus paseos juveniles por el campo. También del decaimiento económico de los años 90 que lo llevó a trasladarse a Lima.

Aquí ingresó a la Universidad de Lima, donde un taller de poesía le cambiaría la perspectiva. “Había sesiones con Antonio Cisneros, con Watanabe, era loquísimo. Armábamos grupos de poesía y nos reuníamos en el Centro de Lima o donde fuera”, junto a Jeremías Gamboa, José Carlos Yrigoyen, Luis Alonso Cruz Álvarez y otros.

La intensa autoficción del poeta de 47 años ha alcanzado una segunda edición.

En 2003 publicó por primera vez sus escritos en “Tetramerón”, un poemario colectivo. Hasta que a los 27 años se fue a Estados Unidos “con casi todo pagado: hice una maestría y, en ese proceso, obtuve otra beca que me permitió quedarme siete años más”, sostiene.

Su retorno al Perú fue “puramente emocional. Extrañaba desde la lúcuma hasta la chicha morada. Así que regresé, y hoy estoy muy contento con esa decisión”.

Por supuesto, la calma no fue eterna. Y unos años después experimentó el caos en forma de una “relación tóxica” con un “nene” veinte años menor.

ESCRIBIR PARA SOLTAR

“Lo estaba pasando mal. Había leído que cuando quieres sacar algo de tu cabeza, lo puedes poner en papel y quemarlo. Pero sin querer el asunto me salió literario. Y pensé que era una buena historia con la que más gente se podía identificar”, comenta.

Tal vez por eso, desde las primeras líneas las emociones son intensas y el suspenso, marcado. Escrita en primera persona, la historia comienza en una fiesta: el narrador no omite información; por el contrario, lo vuelca todo sin contención. Aun así, la intensidad del desamor genera una lectura adictiva. La narración ágil y sencilla ayuda a dejarse llevar por el frenesí.

“Muchas mujeres se han identificado con mi libro por las relaciones tóxicas que han vivido», dice el autor. 

“A propósito leí muchas novelas gays, para que fuera muy distinta a la literatura ‘oscura’, de estos hombres que descubren que son homosexuales, pero permanecen bajo la sombra». Jaime Bayly, en “No se lo digas a nadie”, es un claro ejemplo: “Conozco bien la realidad peruana, pero no me gustan las novelas que intentan ser antropológicas. El escritor latinoamericano se caracteriza por ser un sociólogo, pero por eso me gusta leer a norteamericanos como William Faulkner, porque el subtexto está ahí, solo que de forma indirecta”.

La fórmula parece haber funcionado. En su primera semana en librerías, los quinientos ejemplares se agotaron. Curiosamente, son las mujeres quienes más se reconocen en la novela: más allá del componente “homosexual”, el libro abarca la dependencia afectiva, el desequilibrio de poder y refleja cómo el amor puede volvernos frágiles y dejarnos a la intemperie.

Por el momento, ya se encuentra en venta la segunda edición y “el objetivo es llegar al tercer tiraje”. Con esa recepción, Diego Molina ya conversa con Alfaguara sobre su próxima novela, una precuela que, según adelanta, se adentrará en su infancia y adolescencia en Arequipa.

 

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