La última vez que el rey Felipe y la reina Letizia estuvieron en el Perú fue en el 2010, cuando todavía eran príncipes de Asturias. En aquella ocasión, un enviado especial de COSAS estuvo con ellos desde el principio hasta el final de su visita, que duró tres días. Esto fue lo que hicieron, probaron, disfrutaron y aprendieron los monarcas de España durante aquella estadía en el Perú.

Publicado originalmente en COSAS 457 (Noviembre de 2010)

Por: José María López de Letona / Fotos de Josip Curich

Ha llegado el momento de saludar al Príncipe de Asturias personalmente. Estoy en el Palacio de Torre Tagle, muy cerca, casi hombro con hombro, esperando que el Jefe de Protocolo, con quien he coordinado previamente, me indique cuándo proceder. En un momento dado, cuando empiezo a relajarme conversando con unos y otros, el embajador Pareja me pregunta: “¿Saludaste ya a Su Alteza?”.

Le digo que aún no tuve oportunidad y él, haciendo gala de la soltura que poseen los diplomáticos en estas ocasiones, me sitúa en dos zancadas al lado del Príncipe y le dice: “Señor, aquí le traigo a un español que quiere saludarle”.

Ofrenda floral ante el monumento a los Precursores y Próceres de la Independencia.

El Príncipe ya había estado en dos ocasiones en estas tierras, en 2001 y 2006, en la toma de posesión de los presidentes Alejandro Toledo y Alan García, respectivamente. Peron esta es su primera visita de carácter oficial, representando al estado español. La misión ahora es fortalecer lazos comerciales, económicos y culturales, y permitir que él pueda ser testigo de lo que en estos días él mismo ha denominado “el milagro peruano”. Parte de la noticia es que lo acompaña Letizia, quien visita el país por primera vez.

En estos tres días, COSAS ha estado presente en todos los actos a los que ha acudido la pareja real. Primero, en la recepción oficial en Palacio de Gobierno, donde se ha comentado mucho un incidente en que la princesa quedó desatendida y terminó pasando por detrás de los periodistas, un problema de coordinación de protocolo al que los medios españoles han restado importancia pues es comprensible que el rígido sistema de normas de la Casa Real no siempre sea fácil de seguir, más aún en el extranjero.

La princesa Letizia y Josefina García Nores.

En Palacio tuvo lugar una audiencia entre el Príncipe y el Presidente, mientras Letizia conversaba con su hija mayor, Josefina García, luego de la cual partieron al Congreso de la República. Por la tarde asistieron a un Acto Académico en la Casona de la UNMSM que se centró en el aporte del español de América al idioma que nos une a 500 millones de personas, de uno y otro lado del Atlántico, de América a España y de Guinea a Filipinas.

José María López de Letona conversa con el Príncipe de Asturias.

Hubo alguna anécdota simpática. Hablando de americanismos, el Príncipe preguntó al rector qué significaba la palabra “huachafo”, que no tiene traducción al español peninsular. Otra aconteció cuando una de las cámaras produjo una fuerte interferencia, lo que provocó una sonrisa y un comentario en voz baja por parte de la Princesa a Soraya Rodríguez, secretaria española de cooperación. A Letizia, como antigua periodista, no le deben ser nada extraños estos sucesos.

Acto académico en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos.

Por la noche, COSAS estuvo en Palacio de Gobierno. Por insistencia del presidente García, Elizabeth Dulanto de Miró Quesada conversó con los príncipes respondiendo al interés mostrado por ellos sobre la gama de revistas que produce nuestra casa editorial. La directora les comentó que habían tenido el gusto de tener en la tapa a sus Majestades, los Reyes, a raíz de su anterior visita, y que ahora tendrían el inmenso placer de tenerlos a ellos en el mismo lugar.

Lea también:  ¿Cómo será la vida de don Juan Carlos ahora que se jubiló?

Hoy, que es el segundo día de su visita al Perú, ambos están en el Palacio de Torre Tagle. Entonces el Príncipe se para delante de mí. A su familia y la mía las une una relación de años.

Carlos Pareja, embajador del Perú en Chile, el Presidente de la República, Alan García y Elizabeth Dulanto de Miró Quesada saludando a los Príncipes.

–Señor –le digo: el protocolo exige tratarlo en tercera persona, como “Señor” o “Alteza”, nunca de “usted” y menos de “tú” –, soy José María López de Letona y quería aprovechar para trasmitirle mi alegría porque haya venido a visitarnos al Perú.

–¡Hombre! Muchas gracias, estoy encantado de estar aquí con la Princesa. Eres clavado a tu padre y tu abuelo –el Príncipe me ha reconocido–. ¿Qué haces por aquí?

–Estoy trabajando en la revista COSAS.

–¿Y cuánto tiempo llevas ya en Perú? –pregunta con interés.

–Un poco más de un año entre unas cosas y otras, pero me siento como en casa.

Ingreso de sus Altezas Reales los Príncipes de Asturias a la cena oficial ofrecida en Palacio de Gobierno.

Le doy los saludos de mi padre y recordamos una anécdota. Hace algunos años mi padre asistió con un grupo de empresarios a ofrecerle de regalo una motocicleta de carreras. En el patio del Palacio de la Zarzuela, animaron al Príncipe a que la probara.

–¡Te puedes creer que me subí a la moto, y aquello no arrancaba! –suelta una carcajada–. Creo que pasaron un mal momento, pero luego a la moto le fue muy bien.

Hablando de sentirse como en casa, esa mañana he estado en el Centro Español, donde el Príncipe se ha mostrado ilusionado al poder compartir un vino con la comunidad española residente en Lima, algunos de los cuales llevan décadas aquí, y ha resaltado en su discurso la importancia de que los españoles tengamos “una casa dentro de nuestra casa”, haciendo referencia al país que tan bien nos ha acogido.

Esta mañana lo he visto de lejos, pero me ha conmovido ver cómo tantos españoles, y uno que otro peruano, se han congregado para ver de cerca al Príncipe. He hablado con un par de monjas ancianas que llevan ya casi cincuenta años en el Perú y que se muestran realmente emocionadas de recibir al representante real.

Honores y encuentro con S.E. el presidente de la República de Perú, Alan García.

Cristina Matossian, Presidenta de la Asociación Nuevo Futuro que organiza El Rastrillo, ha estado más cerca de él puesto que su familia es muy amiga del Rey. Ella me cuenta que fue impresionante ver “cómo la llegada de los Príncipes había revolucionado a la comunidad española. Las monjas estaban al borde de las lágrimas de la emoción. Una tomaba fotos para el recuerdo mientras la otra posaba con Don Felipe”.

Cristina ha visto a un Príncipe “muy maduro, muy ‘en su sitio’, que ha dejado una buenísima impresión esta mañana con su simpatía natural y buena disposición para tomarse fotos con unos y otros”.

Lea también:  Meghan Markle regresa a Canadá sin el príncipe Harry

–La verdad es que todos los españoles con los que he hablado me han comentado que, tal como tú me cuentas, en Lima se sienten como en casa –me dice ahora el Príncipe–. Entiendo tu comodidad aquí; es un país sumamente cálido y muy parecido en bastantes aspectos al nuestro. Yo lo he visto muy cambiado para bien.

–¿Hacía tiempo que el Señor no venía por aquí?

–Cinco años aproximadamente. Estuve invitado al cambio de mando del Presidente Toledo, pero no fue una visita oficial, y fue muy breve. Me llevo una impresión buenísima, y estoy sorprendido de lo que ha cambiado el país en poco tiempo… Yo recordaba la salida del aeropuerto como algo caótico, una pista llena de tráfico y huecos, mucho ruido, basura por todas partes, perros cruzando la pista. Ahora, sales a una vía rápida con una berma central ajardinada. ¡Y esto en solo cinco años! El proceso de modernización que estáis viviendo es increíble.

–Efectivamente.

En el 2010, COSAS realizó una cobertura exclusiva de la visita de los príncipes de Asturias, hoy reyes de España.

He sabido que los Príncipes han estado en un almuerzo privado en la embajada esta mañana en el que habrán podido ver de primera mano todo lo que se cuece por aquí. El anfitrión fue el Embajador Sandomingo y Megan, su esposa, quienes invitaron a doce figuras de los más diversos rubros.

Estos doce invitados fueron seleccionados en coordinación directa entre el Príncipe y el Embajador, teniendo en cuenta los intereses personales de los Príncipes y el desempeño que cada uno de ellos había tenido en su campo. También se procuró que fueran personas jóvenes, de una generación cercana a la de ellos para darle un tono más informal a la reunión. Después del almuerzo, el ambiente era tan distendido que una de las invitadas incluso se despidió de Doña Letizia con un beso en la mejilla.

Martha Mora de García Belaúnde, los Príncipes y el canciller José Antonio García Belaúnde, ingresando al Palacio de Torre Tagle.

–Bueno, ¿y cuánto tiempo piensas quedarte por aquí?

–De momento no está muy claro –le digo–, pero estoy feliz.

–¿Tienes hijos?

–No, todavía.

–Aprovecha mientras puedas –se ríe con cierta complicidad–. Los hijos son maravillosos, pero hay tiempo para todo. Yo me casé tarde y feliz, y no lo cambiaría por nada, pero recuerdo los años en que no tenía esas responsabilidades, que gratifican inmensamente pero te cambian la vida.

Visita al Monasterio de Santa Catalina en Arequipa.

Al Príncipe se le ha relacionado con varias mujeres antes de su compromiso con la Princesa. En España, donde el cotilleo interesa a casi todos (y si es sobre la realeza, más), se ha escrutinado a sus novias, desde Isabel Sartorius, su gran amor de juventud; Gigi Howard, a quien conoció en Georgetown cuando estudiaba una Maestría en Relaciones Internacionales; Eva Sannum, la modelo noruega de quien se dice fue rechazada por el Rey.

Cuando la impaciencia real sobre la falta de perspectivas matrimoniales del príncipe empezaba a cundir entre la prensa del corazón, llegó el shock de su inesperado compromiso con Doña Letizia, que se anunció de la noche a la mañana y tomó a toda España y al mundo por sorpresa. El viernes era Letizia Ortíz, sin el “Doña”, presentadora del telediario en el horario estelar de Televisión Española, y el lunes era, según un comunicado oficial de la Casa Real, la prometida del Príncipe.

Lea también:  Así será el segundo día de los reyes de España en Lima

–Alteza –le digo ahora, en Torre Tagle–, espero que disfrutéis de vuestra estancia en el Perú. Sé que mañana el Señor parte con la Princesa a Arequipa.

–Sí, tenemos muchas ganas. Ha sido un placer conocerte, dale muchos recuerdos a tu abuelo de mi parte.

–El placer ha sido mío, Alteza.

El tiempo no para. El último día, Arequipa recibe a los Príncipes con su característico sol y clima seco. Nosotros nos dirigimos inmediatamente al Tambo la Cabezona, un solar colonial que data del siglo XVIII, que ha sido restaurado con financiamiento de la Agencia Española para la Cooperación Internacional y el Desarrollo, organismo que está ayudando a la restauración del Centro Histórico de la ciudad de Arequipa. En el tambo, los Príncipes, relajados, se toman fotos con algunas de las familias que viven ahí y que se muestran encantadas ante la visita.

Pero la agenda no perdona ni permite retrasos, así que corremos hacia al Convento de Santa Catalina. La ciudad está limpia, no hay un papel en la calle y todo reluce. Los arequipeños, claramente, se han preparado con esmero para esta ocasión. Cuando llegamos a la puerta del convento, una multitud se agrupa en el exterior. Parece que el arribo de los Príncipes ha levantado gran expectativa.

Almuerzo ofrecido por el Presidente del Gobierno Regional de Arequipa, Juan Manuel Guillén Benavides en la casa del Moral.

Al acercarme, escucho a un policía dando consejos a los congregados: que sean amables, que no griten, que no armen bulla, “para que los Príncipes se lleven la mejor impresión de Arequipa y los arequipeños”. Una vez adentro, a los Príncipes se les nota claramente interesados por lo que ven. Un momento simpático se produce en el Patio del Zócalo, donde la Princesa, como abstraída, se acerca a la pileta de piedra para apreciar el agua cristalina y los nenúfares que en ella flotan, mientras Don Felipe se interesa por la planta que recubre uno de los muros.

La última parada es la Plaza Mayor del convento, donde se ha congregado la comunidad española en la ciudad. Letizia se detiene a admirar un precioso adorno de rosas rojas bajo un ficus. La comunidad los recibe con un fuerte aplauso al grito de “¡Vivan los Príncipes! ¡Qué viva España!”. Ellos, encantados, corresponden al saludo mientras se ofrecen pisco sours y bocaditos como aperitivo a un almuerzo que tendrá lugar en la Casa del Moral en cuya puerta, anticipándose a su llegada, se ha empezado a congregar un grupo de espontáneos.

Visita al proyecto de cooperación del Tambo de la Cabezona.

¿Qué supone para ellos la llegada de los Príncipes?, me pregunto. Todos están muy contentos pues no habían recibido antes a ningún miembro de una familia real por lo que la ocasión es motivo de orgullo e interés. Un grupo de estudiantes chillonas, asomadas a las rejas de su colegio, se animan a hablar conmigo. “Nunca habíamos visto a un Príncipe”, me dicen, “no alucinábamos como era. Es taaaan guapo… ¡como un actor de cine!” ¿Y ella?, pregunto. “¡Noooo! ¡No nos interesa! ¡Él es churrííííísimo!”. 

Menudo entretenimiento. Pronto aparece su Alteza Real, el Príncipe Felipe, el “Churriiiisimo” y al instante ingresa a la Casa del Moral para tomarse la foto de rigor. Lo acompaña la Princesa. Ha sido una semana larga, pero emocionante. Dentro de un rato, una vez que haya terminado el almuerzo, partirán de vuelta a Madrid en un vuelo directo de la fuerza aérea española. Serán las cinco de la tarde, y estarán como se supo luego “agradecidos y encantados con el Perú”.

Los Príncipes, en la puerta de la Casa del Moral.

En sus maletas llevarán los siguientes recuerdos: un cuadro llamado “Cerro en Lima”, que Augusto Barreda le regaló con un vistoso lazo rojo; varios libros como “De Cupisnique a los incas. El arte del valle de Jequetepeque” (cortesía de Natalia Majluf, que les quiso enseñar así su trabajo en el Mali), “Perú, mucho gusto” (obsequio voluminoso de Alfredo Ferrero); un chal de vicuña y dos pashminas del mismo material (presente del gobierno regional de Arequipa) y dos chuspitas para las infantas Leonor y Sofía (un detalle de Anita López de Romaña y Mauricio Chirinos).

Eso, claro, sin contar todos los obsequios oficiales que habrán recibido a su paso y las muestras de afecto de sus admiradores.