Una heredera mallorquina protege la historia de su hogar del siglo XVIII, un lugar donde memoria y vida cotidiana conviven sin apuro.
Por Renzo Espinosa
En Mallorca, a pocos minutos de Palma, hay una casa que no solo se habita sino que también se cuida. Son Berga, una villa neoclásica rodeada de jardines de naranjos y pinos, es hoy el refugio de verano y archivo familiar de María Zaforteza Duque de Estrada, condesa de Deleytosa, descendiente de una de las familias más antiguas de la isla.

Paredes que hablan: miles de recortes, grabados y documentos antiguos tapizan estas habitaciones, creando un laberinto visual de la historia familiar.
Una historia que se hereda
El linaje de los Zaforteza se remonta a siglos atrás, cuando formaban parte de las llamadas Nou Cases, un grupo de familias nobles que concentraron gran parte de las propiedades de Mallorca. Entre palacios urbanos en Palma y haciendas en el interior, su historia está ligada al territorio.
María creció en un momento de cambio, cuando muchas de estas residencias empezaban a venderse o abrirse al público. Pensó en dedicarse a la arqueología, pero la vida tomó otro rumbo. Tras formar su propia familia y perder a su padre, decidió asumir el cuidado de las propiedades familiares. Desde entonces, ha dedicado más de cuatro décadas a conservar Son Berga.

Pasado y presente conviven desde la cocina rústica hasta el comedor solemne, preservando siglos de historia.
La casa como archivo vivo
La residencia, construida en el siglo XVIII, mantiene su estructura original. Techos altos, pisos de piedra, muros encalados y grandes aperturas al exterior definen un estilo sobrio, con la calma propia del campo. Retratos de antepasados observan desde las paredes, mientras los espacios conservan una disposición que parece esperar visitas de otro tiempo.
Las intervenciones han sido mínimas y casi invisibles: reparar techos, mantener estructuras, evitar alterar el carácter del lugar. No es solo una decisión estética, también responde a que la propiedad pertenece a varios miembros de la familia, lo que hace que cualquier cambio tome tiempo.

La historia de Son Berga se respira tanto en la entrada arbolada como en los desayunos pausados frente a los campos de Mallorca.
Durante los meses de verano, María vive sola en la casa. No lo percibe como soledad. Dice sentirse acompañada por su historia, por las generaciones que la precedieron y que parecen seguir presentes en cada ambiente.
Un collage de siglos
Uno de los espacios más singulares de Son Berga está en un edificio contiguo: cuatro habitaciones cubiertas por un gran collage hecho a lo largo de generaciones. Recortes de papel, imágenes impresas, documentos y objetos cotidianos forman una composición que cubre paredes, puertas y techos.

Un mapa antiguo preside una de las habitaciones más singulares de la propiedad, donde siglos de recortes, ilustraciones y documentos transforman los muros en un archivo vivo.
Hay caricaturas políticas, referencias a la moda de otras épocas, cartas antiguas y hasta facturas de hace más de 200 años. Cada fragmento suma una capa de memoria. Fue restaurado en 2005 para evitar su deterioro, pero conserva intacto su espíritu original.
Rutinas que permanecen
La vida en Son Berga transcurre sin prisa. Los días empiezan con desayunos frente al jardín de cítricos, plantado por un antepasado en el siglo XIX. La casa recibe visitas familiares que recorren sus habitaciones, muchas de ellas intactas desde hace décadas.
El comedor, con capacidad para 50 personas, sigue siendo el centro de reunión. Las dinámicas han cambiado con los años, pero la esencia se mantiene: compartir alrededor de la mesa.

Uno de los comedores conserva su disposición intacta, donde los objetos de la familia conviven con la rutina actual.
María piensa en pequeñas mejoras, como muebles más cómodos, pero sabe que aquí todo avanza con calma. En Son Berga, el tiempo no se detiene, pero tampoco corre. Se conserva. •
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