Tantos días en Perú –sumados a la rutina vivida en la Feria Internacional de Libro de Guadalajara- han cansado a Irvine Welsh hasta el punto de que parece no querer estar sentado en el Teatro Británico. Sabe que se viene una hora de estar respondiendo lo mismo de siempre sobre las drogas, la sociedad de consumo y el lenguaje imperialista. Pero contrariando su personalidad iconoclasta, lo hace, aunque se nota su desesperación por irse.

Welsh quiso ser músico pero la historia nos lo presenta como escritor. “Debuté como cantante pero era muy malo”, recuerda, “Luego fui guitarrista pero mis manos parecían tener Parkinson, así que decidí ser bajista y terminé asustando a todos los bateristas”. Hoy por hoy, escucha grupos como Chvrches, We Were Promised Jetpacks o Frightened Rabbit, que como él, son escoceses; como dijo en otra entrevista, lo que disfruta de las movidas locales son las ganas de ir en contra de lo globalizado.

Y es que ese mundo le molesta. Lo hace poner más colorado y levantar la espalda del sofá en el que ahora se sienta. “Vivimos en una sociedad en la que tenemos que trabajar y recibir un sueldo”, afirma. Para él, todo inició en los ochentas y los problemas principales son la tecnología y la tendencia al monopolio y a destruir a la competencia: “Deberíamos usar todo lo que tenemos y sabemos para ser felices”.

Las drogas y el terrorismo son para Welsh un síntoma, es decir, la demostración que no estamos haciendo las cosas adecuadamente. Pero hablar de este tema le es insoportable. ¿Cuántas veces le habrán preguntado lo mismo? O peor aún, ¿cuántas veces habrá repetido lo mismo? “No tengo una posición para las drogas. ¿Qué son las drogas? Pues algo que llena cuando no hay nada”, dice mientras mueve rápidamente y de un lado para otro su pie derecho, dejando ver su media negra con detalles naranja y blancos. “Para los jóvenes puede ser su lugar de trabajo, pues les ofrecen emoción y sociabilizar. Pero cada vez hay menos oportunidades y entonces, las reemplazamos con drogas.”

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La charla está por terminar cuando le lanzan una pregunta que le hace sonreír a medias: escribes en un lenguaje muy propio de Edimburgo y eso significa un trabajo muy difícil para quienes traducen tus libros, ¿qué se siente saber que tus libros siempre estarán mal traducidos? La sala ríe. “Es algo con lo que hay que vivir. Da pena como, habiendo tantos dialectos, las personas quieran escribir en un lenguaje imperialista como el inglés. Es como si tu quisieras publicar en el español de España… ¡Vas a terminar sonando como Franco ordenando un disparo!”, cuenta. “Siempre he pensado que mis novelas tienen que tomar el lenguaje de las calles de México, de Lima. Me decepciona que los encargados no sean creativos”, concluye Welsh.