Hace un par de años, Alfredo Bryce Echenique dijo haberse retirado. Tras la conversación que tuvimos con el laureado escritor, nos percatamos de que, si bien ya no escribe, está más activo que nunca. A mediados de octubre se va a Europa para, entre varias actividades, dar conferencias. En noviembre, por ejemplo, se estrena la película de “Un mundo para Julius”, dirigida por Rossana Díaz. Asimismo, se acaba de presentar una edición conmemorativa por los cincuenta años de la novela, con prólogo de Luis García Montero. Y eso no es todo: Alfredo nos cuenta ciertos detalles sobre su vida social y, además, brinda un análisis de la coyuntura política.

Por Santiago Carranza-Vélez Chirinos

“Cyril Connolly, el crítico literario inglés, decía que las cosas más dañinas para un escritor son el alcohol, el amor, el éxito, la fama, pero también decía que la falta de alcohol, amor y fama era perjudicial”, recuerda el escritor Alfredo Bryce Echenique, de 82 años. “Yo cumplí con las tres primeras. Me han estimulado para escribir”, agrega. “Sin alcohol, sin mujeres y sin pobreza no hubiera podido escribir lo que he escrito. Y sin éxito tampoco, aunque me estorba. Es una invasión a la vida privada. No he tenido buenas relaciones con el éxito”, precisa Bryce.

Tras esa aclaración sobre la invasión de la vida privada, no se me ocurrió más que preguntarle lo siguiente:

¿Y cómo va el amor en la vida de Alfredo Bryce?

Todavía salgo con chicas, digo, señoras. De eso sí no me voy a retirar. Voy al Country a almorzar, al Bar Olé. Escribí un texto sobre el bar. “El único bar de Lima”, se llamaba.

Don Alfredo comenta, como vemos, que del amor no se va a retirar, ni mucho menos. Lo dice porque, supuestamente, se retiró de la escritura, de la literatura, hace dos años, con la publicación de su libro “Permiso para retirarme” (Peisa 2019). “Ya había escrito lo suficiente. No me interesaba la literatura como antes”, remarca. Y revive sobre su proceso creativo: “Yo iba a aislarme por completo de la gente, periodistas y de todo. Me iba a Menorca, en las Baleares. Me encerraba a trabajar bárbaramente, y por las noches, cuando terminaba agotado, me iba a un bar que se llamaba La Palma. Llegaba, pues, tambaleante, despistado. Comía algo, un buen sánguche con jamón y aceite. Luego me tomaba unos tragos. Un día, el dueño del restaurante me pide hacerme una pregunta. Me dijo: “Usted es el cliente más raro que he tenido en mi vida. Llega borracho, se toma unas copas y se va sobrio”, se ríe el autor de “Un mundo para Julius”.

“A los jóvenes les recomiendo leer a Ribeyro, sus cuentos”.

Está retirado. Sin embargo, hace algunos años, cuando publicó “Dándole pena a la tristeza” (2012), comentó en una entrevista que tenía una novela ya escrita, pero sin título, y por ello no la publicaba.

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No me acuerdo (se ríe). Nada. Lo que sí es que el título de “Dándole pena a la tristeza” viene de mucho antes. En mi casa teníamos un ama, Mamá Rosa, que fue como una abuela, imprescindible en la familia. Y cada vez que venía a Lima, mi madre me decía que no dejara de ver a la Mamá Rosa. Un día la llamo por teléfono y le pregunto: “¿Cómo estás, Mamá Rosa?”. Y ella me dice: “Chinito, aquí, dándole pena a la tristeza”. Novela dije yo. Eso fue hace más de veinte años y la novela tiene nueve años.

Han pasado cincuenta y un años desde la publicación de “Un mundo para Julius”, y se está publicando una reedición con un estudio preliminar completísimo, además de la película que, según cuentan, se estrena en noviembre. Cuando publicó la novela, en 1970, ¿pensó que cincuenta años después seguiría teniendo repercusión?

No me lo imaginé nunca. Me hace sentir contento y agradecido. Me falta ver la película, pero le tengo mucha confianza. Cuando publiqué la novela, solo la solté sin esperar mayor éxito. Esos eran los años después del “boom”, y el hecho de que el mítico editor Carlos Barral la publicara me dio mucha ilusión. Nunca más la releí. Al inicio pensé que sería un libro de cuentos, que se convirtió en una novela de quinientas páginas. Además, fue transformándose, porque empezó como la historia de un periodista que iba a indagar sobre un niño muerto. Y de repente, luego de escribir la muerte de Julius en las primeras cuatro o cinco páginas, pongo “Julius nació”. Y arrancó de nuevo toda la novela. Luego, borré esas cuatro o cinco páginas que trataban sobre el periodista. Las tengo aún con el manuscrito. La historia iba saliendo, nunca pensé ni planifiqué nada. En la tarde que escribía, iba saliendo.

 Alfredo, entonces nunca hizo una poética de lo que iba escribiendo.

En efecto, lo que iba saliendo.

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¿Cómo le ha afectado la pandemia, la cuarentena del año pasado, los cambios que el COVID-19 ha generado en la vida cotidiana?

Lo que más me ha preocupado y entristecido son los niños, que no pueden salir. Para mí no tanto. Yo salgo, invito a mis amigos a almorzar. Con mi grupo de amigos escritores no nos hemos dejado de ver. No ha sido tan fregado. Felizmente, ningún amigo ha muerto.

Uno de sus mejores amigos, el empresario Luis León Rupp, falleció hace poco, pero no por covid. Usted le dedica un par de capítulos sobre sus aventuras en la Feria de Sevilla en “Permiso para vivir”, sus primeras antimemorias. ¿Qué otra historia recuerda con él?

Las del diario. Él pasaba por mi casa en Madrid porque no lo dejaban tomar, y en mi casa se tomaba los tragos. Todavía tengo botellas vacías de la época con Lucho en Madrid.

Lucho me contó, por el contrario, que usted tenía una complicidad especial con su mayordomo para que le abriera a usted el bar de su casa.

Eso sí es cierto (se ríe). Recuerdo los veraneos en Mallorca también. Tenía una linda casa. Yo me iba a esa casa a trabajar desde julio hasta octubre. Me prestaba la casa para escribir. En esa época escribía “La vida exagerada de Martín Romaña”.

Bryce

El bastonero íntimo de Bryce

Bryce se opone al gobierno

Alfredo, me va a disculpar que le cambie el tema de conversación de algo tan lindo como el veraneo en el Mediterráneo a un tema tan gris como la situación actual del país. ¿Cómo lee la situación social del Perú? Estamos pasando por una dura pandemia, crisis económica, tuvimos cuatro presidentes en cinco años. El nuevo gobierno de Pedro Castillo es controversial, por decir lo menos.

Es patético, atroz. El mejor de todos los presidentes fue Sagasti. Fue un gobierno estupendo. Lo que ha venido después es el diluvio. Castillo y su gente tienen una actuación que odia a parte importante del Perú. Es un gobierno sin rumbo. Es una revancha del mundo andino sobre el costeño. No se piensa en el Perú, sino en una localidad.

Hace un par de años, en una entrevista dijo que Vizcarra le hacía acordar a figuras históricas como Castilla o Cáceres. ¿Sigue pensando igual?

No, me equivoqué. Es increíble cómo engañó a la gente. Yo era vizcarrista.

Cuando pasaron Keiko Fujimori y Pedro Castillo a segunda vuelta, ¿Qué pensó?
Me pregunté cuándo se jodió el Perú. Los dos eran males. Si hubiese ido a votar, definitivamente era en blanco.

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¿Este gobierno de Castillo y Perú Libre se parece a algún otro que haya visto antes?
En Perú, a ninguno. Al chavismo y al de Evo Morales se parece mucho. Pero ya he visto que hay muchas manifestaciones. Estoy a favor de esa oposición.

¿Cómo ha cambiado el Perú a través de sus ojos?
Ha cambiado la convivencia entre el mundo marginal en el Perú. Yo he ido a Lima Norte a dar conferencias y uno se imagina que iba a ver gente pobre, pero no lo es. Es gente riquísima. Firmaba libros y traían todos mis libros. Era gente que no estaba en los cánones limeños. Eran provincianos o hijos de provincianos que no tenían los mismos valores y concepción del éxito. Es un mundo muy valioso. El país se ha culturalizado.

Por el contrario, los políticos están peor formados, ¿Cómo ve eso?
Es un desastre. No sé si tienen o no tienen el mismo nivel que antes. Lima ha dejado de ser el Perú y, como te digo, en Lima Norte hay limeños a los que no les interesa Lima. Tienen su propio mundo, autosuficiente.

¿Qué opina del suceso sobre la Feria del Libro de Guadalajara? El Gobierno cambió a los escritores ya asignados y otros han empezado a renunciar a su participación debido a ello.

Ha sido una estupidez por parte del Gobierno. Tratar de fabricar escritores, más que escritores que se hacen así mismos, y dirigir la cultura siempre es atroz. Cuando se mete el Estado en la cultura, salen resultados catastróficos. Es una repetición calcada de lo que es malo en la literatura. Por ejemplo, eso pasaba en Cuba. Es la cultura dirigida por ignorantes, un intervencionismo público de algo que es privado. Recuerdo que Reinaldo Arenas, por ser escritor y homosexual, se tuvo que ir de Cuba, entre muchos otros casos.

¿Alguna vez algún político ha tratado de intervenir en su arte?

Sí, Velasco, por ejemplo. Era payasesco. Era acomplejado, tenía desconfianza del escritor, de la cultura. Me invitó a Palacio, nos tomamos unos tragos. Me quiso nombrar embajador. Y me preguntaba cuál era mi precio. Lo preguntaba claramente: “¿Cuál es tu precio, Bryce?”. Al final le tuve que decir mi precio, porque él insistía en que todo el mundo tiene uno. Entonces, le dije que me hiciera embajador en Venecia. No hay embajada, Bryce,
me dijo. Me quería comprar, sí.