Semanas atrás, “The New York Times” publicó una entrevista con el mayordomo de Donald Trump en Mar-a-Lago, su mansión en Palm Beach –un “Versalles de 118 habitaciones”, como lo describió el periódico– que podría transformarse en la Casa Blanca de invierno en caso de que la presidencia Trump se hiciera realidad.

Entre otras cosas, el mayordomo contó que el magnate arregla su propio cabello cada día, aunque hay una peluquería en la residencia; recordó cómo los hijos mayores de Trump, Donald Jr. y Eric, corrían por la biblioteca cuando eran niños, pasando por debajo del solemne retrato de su padre en tenida de tenis que cuelga sobre la chimenea, y por delante de libros de primera edición, algunos centenarios, que nadie en la familia ha tocado jamás. Ivanka, la hija mayor, solía dormir en la misma habitación que en la década de los treinta usó la actriz Dina Merrill, hija de la propietaria original de la casa, Marjorie Merriweather Post, heredera del imperio de los cereales Postum. Y dijo que Trump –que cuando anda de buen humor usa una gorra de golf blanca y cuando está malhumorado, una roja– suele entregar ocasionalmente propinas de 100 dólares a los jardineros que trabajan cuidando sus prados y flores. “Todos lo adoran”, aseguró.

Esto último es quizá una exageración. Trump es por estos días el hombre más controvertido de la política estadounidense, y aunque sus recientes triunfos en Florida y otros dos estados parecen casi asegurar su nominación como candidato presidencial del Partido Republicano, es el propio partido, o al menos su “establishment”, el que lo detesta. Las bases, en cambio, lo aman, considerando su candidatura una bofetada a las maquinaciones, negociaciones y la corrupción de Washington.

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Trump no se hace problemas. Ha vivido toda su vida rodeado de enemigos, y aún así ha construido un imperio que según él alcanza a decenas de miles de millones de dólares, pero que –según la prensa especializada– no pasaría de los 4 mil millones. Como sea, es una gran fortuna que comenzó con el millón de dólares que su padre, Fred Trump, le regaló a comienzos de su carrera y que él ha multiplicado en forma asombrosa, poniendo su apellido en todas partes, desde hoteles en Las Vegas y Macao a corbatas, botellas de vodka, libros, perfumes, canchas de golf, reality shows y hasta una universidad, ahora difunta.

Para definir su estilo de vida, no hay que ir más allá del penthouse que comparte actualmente con su mujer, Melania, y su hijo Barron, en el piso 66 de la Trump Tower de la Quinta Avenida, una residencia valorizada en 100 millones de dólares, dorada de pisos a techos, con muros de mármol, enormes chandeliers de cristal y, como adornos, estatuas de Eros, jarrones griegos, frescos clásicos en los cielos, pinturas de Apolo y Aurora, y muebles Luis XIV. Es aquí donde Melania, una exmodelo eslovena, recibe en ocasiones a la prensa para hablar de sus propios negocios, una línea de joyería y otra de productos de cuidado para la piel fabricados con caviar, o para defender las controvertidas posturas políticas de su marido.

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Donald y Melania Trump viven en la fastuosa Trump Tower, en la Quinta Avenida.

IVANA Y MARLA

Melania es la tercera mujer de Donald Trump, un dato que no siempre cae bien en el círculo más conservador del Partido Republicano. La primera fue Ivana Zelnícková Trump, una campeona de esquí y exmodelo checa a la que conoció en los Juegos Olímpicos de Montreal, una aspirante a novelista que años más tarde publicó un “roman á clef” sobre su romance bajo el título de “Sólo por amor”.

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Después de su matrimonio en 1977, la pareja se instaló en una bellísima mansión en Connecticut (fue vendida hace unos años en 55 millones de dólares), donde criaron a Donald Jr., Eric e Ivanka, para luego radicar en Manhattan. Ahí se convirtieron en la pareja más visible de la brillante y excesiva década de los 80, ella apareciendo de fiesta en fiesta en vestidos de Lacroix y Versace, y él extendiendo sus intereses de la Trump Tower (construida en 1983) al Hotel Plaza (que adquirió en 1988). Su divorcio fue uno de los mayores escándalos que recuerde Nueva York. Después de meses de rumores sobre las infidelidades de Donald, Marla Maples, una ex reina de belleza de Georgia, apareció en la portada del “New York Post” asegurando que estaba enamorada de él, con quien había vivido “el mejor sexo de mi vida”.

El Plaza fue, justamente, el escenario de su segunda boda, el 20 de diciembre de 1993. Marla lució un delicado vestido blanco y una tiara de diamantes valorizada en dos millones de dólares. La torta midió dos metros de altura. O.J. Simpson fue uno de los 300 invitados. Y aun así –e incluso después del nacimiento de su hija, Tiffany Trump–, la relación no sobrevivió y terminó cuatro años más tarde. En su momento, algunos culparon a la obsesión que el millonario sentía por Diana de Gales, que luego de su divorcio comenzó a recibir “gigantescos bouquets de flores de parte de Trump”, según “New York Magazine”.

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Por Manuel Santelices