“Es evidente el hecho de que el personaje central lo es todo y, en esa medida, su universo de secundarios no alcanza a darle la talla siquiera y son vehículos de la trama en el afán por resaltar la deprimente figura del protagonista”, comenta nuestro crítico de cine.

Por Gonzalo “Sayo” Hurtado

Al director Todd Phillips, más familiarizado con comedias disparatadas como la adaptación de la serie Starsky & Hutch (2004) o aventuras de maduros amigos en apuros como en ¿Qué pasó ayer? (2009), le dio por ponerse serio e intentar cruzar esa línea que separa a muchos cineastas industriales de Hollywood de los verdaderos autores. Para ello, no escogió poca cosa, ya que adaptar en el cine a un personaje como el Guasón supone un reto a la luz de los buenos resultados obtenidos con Jack Nicholson y Heath Ledger en las versiones de Batman de 1989 y 2008, en contraposición a las críticas que acarreó la resistida caracterización de Jared Leto en Escuadrón suicida (2016). Los fanáticos suelen ser implacables al momento de bajar el dedo y desmedidos cuando dan su buena pro. Esta vez, este renacer del diabólico personaje no está dimensionado en el marco del universo que la DC ha construido desde Superman: Man of Steel (2013), junto a un nuevo Hombre Murciélago y la Mujer Maravilla, sagrada trinidad a la que se han sumado Aquamán, Flash y Cyborg para llegar a la consabida Liga de la Justicia, siendo esta una aventura autónoma y un modelo que la Warner Brothers ya vislumbra para otros miembros de su galería.

El escenario ahora es una Ciudad Gótica de 1981, y el alter ego del villano es Arthur Fleck (Joaquin Phoenix), una licencia que los guionistas se han tomado (el mismo director Phillips y el experimentado Scott Silver), ya que esta versión es más libre en relación a la concepción clásica de los cómics, siendo la historia gráfica de The Killing Joke (1988) de Alan Moore la más aceptada hasta el momento, con el Guasón como un comediante fracasado que se ve obligado a delinquir para pagar los gastos de gestación de su esposa. La caída a un tanque de químicos que lo blanquean y la muerte de su consorte y su bebé durante el alumbramiento, son los factores que lo llevan al desquiciamiento y a convertirse en el consabido maleante. En esta nueva versión, la propuesta se acerca más a una urbe mezcla de arquitectura clásica y marginalidad como Nueva York, teniendo como premisa el hecho que Arthur ya está afectado por un trastorno esquizoide (cuyo origen será revelado en el transcurso de la trama), siendo su transformación, por tanto, una seguidilla de pasos lógicos que lo llevarán al lado más malévolo de su insanía, recalcando también el hecho que la desigualdad económica, los prejuicios, el bullying y la desatención gubernamental hacia los menos favorecidos, brindan un marco social desde el cual su personalidad va desvariando brutalmente hasta llegar a sus picos más altos. Así, Arthur se convierte en una suerte de respuesta social a una ausencia de autoridad y gobierno que alimenta un descontento generalizado en las clases bajas. Obviamente, todo este análisis escapa a su capacidad de discernimiento, siendo más bien una víctima de las circunstancias, a la par que la cara de la opulencia y la oligarquía injusta y egoísta, recae en la figura de Thomas Wayne, magnate con aspiraciones políticas y cuyo duro talante y frialdad ante semejante cuadro, solo ayuda a radicalizar los escenarios al percibirse en él tan solo un aprovechamiento en sus aspiraciones de mantener el Statu Quo de su propia clase. 

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El personaje

Desde este contexto, la caracterización de Joaquin Phoenix resulta escalofriante y tenebrosa. Su acercamiento a la psiquis de un Arthur que transita de desvarío en desvarío, nos prepara todo el tiempo a un salto mayor, siendo inicialmente una suerte de niño grande a quién el impacto brutal del entorno comienza a empujarlo hacia la radicalidad. Y tratándose de una mente insana que va in crescendo, la película deja mucho a la libre interpretación, ya que el mismo Arthur asume momentos que solamente ocurren en los deseos de su mente delirante, y por lo mismo, podrìamos suponer que bajo ese filtro parte o todo de la historia podría ser tan solo una elucubración interna, emulando por momentos al mismo Travis Bickle que compuso Robert de Niro en Taxi Driver (1976) de Martin Scorsese, aunque sabemos que los desórdenes mentales de ambos personajes son muy diferentes, pero son cercanos en la medida que son afectados por un entorno agresivo y marginal. El director Phillips ha buscado más referencias dentro del universo de Scorsese, siendo evidente el apego a mucho del mundo nocturno y decadente de Mean Streets (1973), o incluso haciendo alegoría al frustrado Rupert Pupkin de The King of Comedy (1982) en sus afanes por convertirse en un comediante famoso, quien tiene un doble reflejo tanto en Arthur como en el presentador televisivo Murray Franklin (Robert De Niro), que a modo de impronta también recibe influencias del mundo de la televisión manipuladora de Poder que mata (1976) de Sidney Lumet, sobre todo en las secuencias finales. Pero si hay un espacio que se convierte en protagonista, lo es el metro, donde momentos capitales de la trama ahí remiten tanto a la jungla urbana y pandillera de The Warriors (1979) de Walter Hill como a secuencias puntuales de El vengador anónimo (1974), protagonizada por Charles Bronson, y que se convierte en un ámbito que resume mucho del descontento ciudadano cotidiano, manifestándose furibundamente como espacio de rebelión e indignación colectiva.

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En este panorama, Guasón se muestra como una historia compacta y redonda en sus intenciones, aunque también es evidente el hecho de que el personaje central lo es todo y, en esa medida, su universo de secundarios no alcanza a darle la talla siquiera y son vehículos de la trama en el afán por resaltar la deprimente figura del protagonista. Así, la desquiciada madre encarnada por Frances Conroy, la deseada vecina que es Zazie Beetz o el Thomas Wayne que encarna Brett Cullen, no son más que presencias que marcan la caída irremediable de Arthur a su mundo oscuro, aves de paso cuya presencia es puntual y medida, siendo las apariciones de Robert De Niro las más destacables, aunque sus momentos son pocos en la historia a pesar de tener una secuencia confrontacional muy lograda en la resolución. La justificación del nacimiento del personaje desde esta suerte de explosión social resulta acertado y plantea preguntas urgentes desde el universo de la DC, ya que si entendemos que el Joker es el clásico enemigo de un Batman que todavía está en gestación, por primera vez Gótica parece necesitar al alter ego del superhéroe para ser reivindicada del olvido de las autoridades y de los poderosos, cuya indiferencia alimenta este panorama caótico.

Pero aunque el resultado final se ve redondo y funcional, Guasón es un vehículo concebido con un muy buen look fotográfico desde las referencias ya mencionadas, pero por lo mismo, dependiente en demasía de ellas como para considerarla como una obra mayor como algunos colegas se decantan en afirmar al amparo de la gran campaña mediática que acompaña hace meses a esta obra, y a la que parecen no querer contradecir y quedar mal con el gran público que ya genera. No he visto las películas con las que compitió en el Festival de Venecia, pero dado que se trata de una cita que suele tener en la Competencia Oficial a pesos pesados del cine de autor, este triunfo podría sonar exagerado. Hubiera sido más lógico el reconocimiento a mejor actor para Joaquin Phoenix, cuya caracterización no deja dudas que llegará a la nominación al Oscar, pero hay mucho pan por rebanar aún en ese camino y no podría asegurar si será el ganador.